Por Eduardo Izaurralde

 

 

Muchas son las palabras elogiosas para el gran iniciado. Cientos los homenajes públicos. Miles las dedicatorias en actos, libros, canciones, poemas y demás obras de arte. Incluso cada vez son más los que dedican tiempo a la investigación de su vida y su obra memorizando cuanto libro existe y buscando algún dato novedoso que aún no haya sido observado. Todas estas acciones conforman el protocolo sentido de un pueblo para con su padre. ¿Pero qué ocurre cuando las cámaras se apagan y bajamos de los escenarios? ¿Qué sucede cuándo las radios se silencian, cuando las muestras se cierran, cuando las hojas se terminan? ¿Qué pasa cuando las escuelas concluyen su día escolar? ¿Dónde queda San Martin? ¿Se viene con nosotros para acompañarnos en cada paso que damos? ¿Sus palabras guían nuestras acciones?

Varios de los que arriba del escenario resaltan la nobleza sanmartiniana de no enfrentar hermanos dentro de su patria son los que abajo promueven divisiones profundas en el pueblo que habitan sin más rédito que un negocio personal. Otros rescatan su pasión libertaria frente a los invasores a la vez que llenan sus curriculum con fervorosas defensas de proyectos políticos o económicos de potencias extranjeras y sus monopolios privados. Ni hablar de comparar las riquezas personales de aquel líder majestuoso y de algunos de los que hoy lideran fragmentos de nuestra sociedad. ¿Con que ojos vería aquel prócer austero capaz de donar hasta su ultima moneda para el bien de su país las inmensas mansiones en countries privados, las pornográficas flotas de autos importados, las increíbles unidades náuticas, los mega emprendimientos empresariales y las cientos de hectáreas repartidas por el mundo de numerosos adalides actuales? Y si le sumáramos que casi la totalidad de esos bienes son en negro, sin aportes y que esas propiedades no solo no tributan sino que viven enganchados de los servicios básicos sin pagar un solo impuesto le provocaríamos una de las tantas ulceras que padeció al final de sus años.

Creo que todos tenemos el ojo entrenado  y la lengua afilada para ver y analizar a los que están arriba del escenario. Pero bajemos la vista a los que estamos en el llano y no subimos a las tablas.

Reconocido es el San Martin magnánimo, benevolente con los vencidos en las batallas sin aplicar ningún tipo de rigor. ¿Dónde queda ese San Martin en nuestros triunfos diarios? ¿Aplicamos esa benevolencia cuando ganamos un debate, una elección, una simple partida de truco? Creo que nuestra máxima expresión en la victoria la damos cuando aferrados al para avalanchas y envueltos en banderas desfiguramos nuestra cara en un grito de gol, le deseamos la peor de las tragedias físicas a un rival y celebramos irracionales, medio desnudos con aullidos brutales burlándonos de maneras irreproducibles frente a los vencidos en la contienda. Toda una postal de nuestra “benevolencia criolla sanmartiniana”.

También es sabido del estricto comportamiento que el santo de la espada exigía a sus ejércitos haciéndoles sentir el rigor si no actuaban conforme a su código de honor basado en la moral que él mismo daba cuenta en sus acciones. ¿Dónde quedó aquel ejército digno en los años en que los uniformados golpeaban la democracia, raptaban, violaban, asesinaban y robaban identidades? También me pregunto que entienden por honor los que hoy aplauden al glorioso ejercito de los andes en los actos y defienden el deshonor de los ejércitos indignos en nuestras mesas cotidianas. No logro ver un espíritu sanmartiniano en eso.

Por otro lado nos emocionamos hasta las lágrima viendo la comunión que el general hizo con los indígenas llegando a luchar codo a codo por la liberación de la patria. Hasta coqueteamos con la dudosa teoría de su sangre indígena. Sin embargo al salir de los homenajes, en los semáforos es común ver como los vidrios se levantan cual paredes de olvido frente a los rostros infantiles de las comunidades que sobreviven en nuestras ciudades. También solemos ser críticos cuando algún gobierno trata de reparar ese olvido dándole algún tipo de reivindicación social con viviendas, ayudas económicas y educativas buscando una comunión post moderna. Generalmente lo hacemos cuando los mayores expropiadores de sus tierras cometen gigantescos despilfarros de dinero público estando en el gobierno y nos obligan a pagar con nuestras chirolas sus deudas orientando nuestros odios a los más débiles. Tampoco logro encontrar homenajes sanmartinianos en esas acciones.

Dentro de sus ideas nos enfervorizamos con su rebeldía frente al vaticano y sus críticas a la política exterior de acercamiento que Rosas llevó a cabo con la santa sede. Pero pispeamos el reloj para no llegar tarde a una de las marchas de sometimiento que las instituciones religiosas promueven contra el estado laico. Lejos, todo muy lejos de lo sanmartiniano.

De igual forma festiva y exaltada ondeamos la bandera cuando oímos de su mente latinoamericanista y el proyecto de una sola patria grande, sin límites divisores entre hermanos. ¿Dónde queda esa idea cuando pedimos más fronteras cerradas, mas limites con muros, más imposibilidades de ingreso, más restricciones al acceso educativo o sanitario a nuestros vecinos continentales? Sigo sin ver a un sanmartiniano en esos pedidos.

En la intimidad de José Francisco admiramos el desdén por el revanchismo que practicaba. A pesar de que sus enemigos eran despiadados con él, simplemente decía:”Si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”. ¿Aplicamos esta grandeza en nuestros trabajos, nuestros estudios, nuestras acciones diarias? ¿Evitamos el revanchismo honrando el espíritu sanmartiniano?

Otro párrafo de su vida íntima que nos gusta resaltar es su inmenso amor por la que fue su compañera de vida. Frente a la agonía de Remedios no dudó en tragar orgullos y retomar un intercambio epistolar con Rivadavia, confeso opositor del general. Claro que los permisos para pisar suelo bonaerense fueron denegados. A pesar de eso el amor pudo más y ante la amenaza de un juicio por desobedecer órdenes comenzó su viaje al encuentro de la dama. Esta historia nos ablanda, provoca caricias ocasionales con nuestros amores y hasta remueve algún que otro recuerdo de aquellas iniciales primaveras. Tristemente en el día a día las cosas cambian y nos transformamos en todo lo contrario. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos un sacrificio gigante con tal de pasar unas horas al lado de nuestro amor? ¿Cuándo fue la última vez que ese amor sanmartiniano renació en nosotros?

Pareciera que nos encanta ver los cuadros de San Martín que colgamos en nuestras paredes hasta el punto de creernos sanmartinianos llevando su nombre y su legado a la calle defendiendo todo lo contrario a su pensamiento y obra. Eso pasa cuando en las casas sobran cuadros y faltan espejos.

No escribo estas líneas para señalar errores acusando hipocresías. Simplemente trato de manifestar que los actos protocolares no honran en su totalidad aquel espíritu. Que las palabras memorizadas, las canciones, los poemas solo mantienen vivo el recuerdo pero no nos devuelven al camino perdido. Son nuestras acciones cotidianas regidas por aquel fuego sanmartiniano lo que nos puede devolver un presente de grandeza. Sé que podemos ser mejores  siendo dignos herederos de aquél gran hombre. Está en nosotros comportarnos a la altura de la patria que el gran iniciado nos ha legado. Es un camino difícil y lleno de dificultades. Un horizonte de enormes montañas que debemos volver a cruzar para ser dignos sanmartinianos.

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