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17 de septiembre de 2026

Pantallas, infancia y escuela: Carolina Fiori propone aprender a habitar el mundo digital

La profesora y realizadora audiovisual brindó charlas en escuelas de Ramallo sobre el uso de celulares, redes sociales e inteligencia artificial. Planteó la necesidad de construir ciudadanía digital y destacó el papel de los clubes y otros espacios comunitarios como ámbitos que todavía permiten a chicos y adolescentes encontrarse por fuera de las pantallas.

Aprender a vivir también en el mundo digital

¿Cuánto tiempo pasa un adolescente frente a una pantalla? La pregunta parece sencilla, pero detrás de ese número aparecen otras mucho más profundas: qué hace durante esas horas, con quién se relaciona, qué contenidos recibe, cómo construye su identidad y cuánto espacio queda para conversar, jugar, leer, encontrarse con otros o simplemente aburrirse.

Ese fue uno de los ejes de las charlas que Carolina Fiori, profesora y realizadora audiovisual, llevó recientemente a escuelas de Ramallo. Invitada por instituciones educativas, trabajó con estudiantes sobre el uso de las pantallas, las redes sociales, la inteligencia artificial y, especialmente, sobre la necesidad de construir una ciudadanía digital consciente.

La preocupación no es nueva. Lo que cambió, según explicó Fiori, es la intensidad con la que la tecnología atraviesa la vida cotidiana.

La preocupación viene por el tema de la ciudadanía digital, de cómo construimos ciudadanía digital”, explicó en diálogo con Radio Ramallo.

Las escuelas se encuentran frente a un desafío que excede el aula. Los estudiantes utilizan celulares, plataformas digitales e inteligencia artificial para comunicarse, entretenerse y también para realizar sus tareas. La pregunta, entonces, ya no parece ser simplemente si la tecnología debe entrar o salir de la escuela, sino cómo aprender a utilizarla sin perder aquello que hace posible el aprendizaje y el encuentro con los demás.

Seis horas frente a una pantalla

Durante las actividades realizadas en las escuelas apareció un dato que llamó especialmente la atención: algunos adolescentes reconocieron pasar seis horas o más conectados a una pantalla.

Pero Fiori propone mirar ese número más allá de la cantidad de horas.

En una investigación realizada en 2023, junto con otros colegas, se realizaron trabajos de campo en distintos lugares, entre ellos Ramallo. Allí encontraron una característica que, según explicó, merece ser valorada: la existencia de instituciones y espacios comunitarios que funcionan como una suerte de “amortiguación” frente al uso permanente de las pantallas.

El club aparece en ese lugar.

Los pibes todavía siguen yendo al club, que todavía se siguen encontrando en las calles, en los barrios”, destacó.

También aparecen otras actividades: fútbol, gimnasia, inglés, la Banda Infanto Juvenil y los encuentros en la plaza o en la vereda.

Son espacios que no eliminan la presencia del celular, porque el dispositivo forma parte de la vida cotidiana, pero permiten que deje de ocupar el centro de la escena.

Para Fiori, esa realidad de Ramallo es algo que vale la pena rescatar y potenciar.

Porque detrás de esos chicos que todavía van al club hay algo más que una actividad recreativa: hay una oportunidad de encontrarse cara a cara, de compartir reglas, conflictos, juegos, aprendizajes y experiencias que no ocurren detrás de una pantalla.

Lo que pasa en el celular también pasa en la vida

Uno de los aspectos que Fiori busca explicar a los adultos es que para las nuevas generaciones no existe una separación tan clara entre el mundo físico y el mundo virtual.

Los adultos, por haber crecido en otra época, pueden establecer con mayor facilidad esa división. Para muchos chicos y adolescentes, en cambio, ambos espacios forman parte de una misma experiencia.

Por eso, un comentario ofensivo en una red social puede tener una dimensión emocional tan fuerte como una agresión cara a cara.

Los pibes no hacen una división entre el espacio real, físico y el espacio virtual”, explicó.

Y agregó una comparación que ayuda a comprender la situación: si a un adolescente le dicen algo ofensivo en una red social, no necesariamente puede considerarlo simplemente “un comentario tonto”.

La diferencia está también en la permanencia. Aquello que antes podía quedar limitado a un pasillo escolar o a un grupo de amigos puede quedar registrado, circular y permanecer visible.

Por eso, educar en ciudadanía digital implica enseñar también a comprender ese nuevo territorio.

No se trata solamente de prohibir

Fiori propone escapar de una discusión reducida a “celular sí” o “celular no”.

La prohibición puede formar parte de determinadas decisiones institucionales, pero para ella el desafío educativo es más profundo: comprender qué hay detrás de las herramientas que utilizamos.

No es tanto la cuestión prohibitiva”, explicó al referirse al enfoque que viene trabajando en las escuelas.

La propuesta consiste en ayudar a los estudiantes a preguntarse para qué utilizan el celular, qué les sucede cuando no pueden dejarlo y qué actividades les gustaría recuperar.

En las charlas, algunos chicos pudieron expresar justamente eso: querían dejar el teléfono durante un rato para salir con amigos, ir a la plaza o realizar otras actividades.

Esas respuestas, para Fiori, son importantes porque muestran que los propios adolescentes pueden identificar una tensión entre el uso que hacen de la tecnología y aquello que también desean hacer.

La inteligencia artificial y el proceso de aprender

El otro gran desafío que aparece dentro de las escuelas es la inteligencia artificial.

Fiori no plantea que la IA deba ser descartada. El interrogante es en qué momento, para qué y de qué manera incorporarla.

La diferencia está en entender que una herramienta capaz de resolver una consigna en segundos no necesariamente reemplaza el proceso que permite aprender.

El mundo no es una resolución de problemas permanente, sino a veces un proceso. El aprendizaje es un proceso”, sostuvo.

Para explicar esa diferencia, puso un ejemplo sencillo. Una inteligencia artificial puede producir rápidamente un cuento con una estructura correcta. Puede parecer sorprendente por la velocidad y por la prolijidad del resultado.

Pero esa primera impresión no necesariamente significa que el resultado sea original o profundo.

Fiori señaló que estos sistemas trabajan a partir de grandes cantidades de datos y que, en determinados casos, pueden producir respuestas estandarizadas.

La originalidad de la humanidad sigue estando en el humano”, afirmó.

La reflexión también alcanza a las imágenes generadas por inteligencia artificial. Frente a una imagen técnicamente prolija, el desafío educativo consiste en no transmitirle a un niño que aquello que produce una máquina es necesariamente mejor que lo que él puede crear mientras aprende a dibujar, pintar o experimentar.

La escuela no tiene que correr detrás de cada novedad

Para Fiori, la escuela tiene derecho a detenerse.

La aparición de una nueva tecnología no significa necesariamente que deba incorporarse de manera inmediata a todas las prácticas educativas.

¿Por qué tendríamos que, a cuatro años de la aparición masiva del ChatGPT, salir todos a usarlo en la escuela? Yo me lo pregunto”, planteó.

La comparación que propone con otros medios resulta interesante. Cuando aparecieron el cine y posteriormente la televisión, la escuela también necesitó tiempo para pensar de qué manera podía utilizar esas herramientas.

La cuestión, entonces, no sería incorporar tecnología simplemente porque existe, sino encontrar sentido pedagógico para hacerlo.

En Ramallo, Fiori recordó una experiencia desarrollada en la Escuela Secundaria N° 1 junto al profesor Juan Nava, en el área de Filosofía. Los estudiantes trabajaron a partir de un texto de Nietzsche que habían leído y conocido previamente, y luego utilizaron la inteligencia artificial para poner a prueba sus respuestas y analizar hasta dónde podían “hackear” el sistema.

Allí la herramienta no reemplazó el aprendizaje. Se convirtió en objeto de reflexión y análisis.

Desarmar la caja negra

Una de las experiencias que Fiori llevó a las escuelas consistió en presentar el celular como una “caja negra”.

Con una caja cubierta de negro y tarjetas en su interior, invitó a los estudiantes a descubrir metafóricamente qué ocurre detrás de aquello que aparece en la pantalla.

Algoritmos, notificaciones, recomendaciones, empresas tecnológicas y mecanismos diseñados para captar la atención forman parte de ese universo que normalmente permanece invisible para el usuario.

La actividad buscaba justamente desarmar esa caja negra.

Estas cosas de poder desarmar la caja negra con distintos recursos es un poco lo que pensamos que hay que hacer ahora en las escuelas”, explicó.

La idea es sencilla pero profunda: para ser ciudadano digital no alcanza con saber usar una aplicación. También es necesario comprender, al menos en parte, cómo funciona aquello que se está utilizando.

Entre el libro y la pantalla

En este escenario aparece también una pregunta sobre la lectura.

La generación adulta que creció con diarios de papel, libros y otros soportes analógicos convive ahora con jóvenes que nacieron en un universo predominantemente digital.

Fiori considera que la respuesta no debería ser elegir un mundo y descartar el otro.

La escuela puede ofrecer aquello que los chicos ya conocen, pero también aquello que no forma parte de su experiencia cotidiana.

Tiene que haber un intercambio entre lo que es su propia época y la época nuestra”, planteó.

Por eso, un libro puede seguir teniendo un lugar en el aula. También pueden tenerlo el dibujo, el cine, la animación artesanal o cualquier otra experiencia que permita recuperar otros modos de crear y pensar.

La tecnología puede formar parte de ese recorrido, pero no necesariamente tiene que ocuparlo todo.

Una tarea compartida

Fiori continúa recibiendo invitaciones para trabajar con escuelas y docentes. Su objetivo no es convencer a los estudiantes de abandonar los celulares ni presentar a la tecnología como un enemigo.

Busca, en cambio, dejar una pregunta dando vueltas.

Esto no significa que se vayan todos ahora y dejen el celular”, aclaró.

La cuestión pasa por comprender que existen responsabilidades diferentes: algunas corresponden a los usuarios, otras a las familias, otras a las escuelas, y también existen responsabilidades que deben ser discutidas con las empresas y los Estados.

En ese camino, la ciudadanía digital aparece como una nueva dimensión de la educación.

Y quizás allí esté una de las claves: no se trata de enseñarles a los chicos a vivir sin tecnología, sino de ayudarlos a que la tecnología no decida por ellos cómo vivir, relacionarse, aprender y mirar el mundo.

En una época en la que las pantallas forman parte de casi todos los momentos del día, recuperar el club, la plaza, la calle, el libro, la conversación y el encuentro cara a cara no significa volver al pasado.

Significa ampliar las posibilidades del presente.

Porque, como plantea Fiori, la escuela todavía tiene una tarea irremplazable: ofrecer un espacio para detenerse, hacerse preguntas y aprender a pensar críticamente en un mundo que cambia más rápido de lo que muchas veces alcanzamos a comprender.

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