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1 de Agosto de 2026
LOCALES
1 de agosto de 2026
Desde hace más de un cuarto de siglo, los hermanos De Rosa mantienen viva una tradición que trasciende la bebida. Médicos, obreros, comerciantes, periodistas, jubilados, deportistas y dirigentes políticos se mezclan en el buffet del Club Independiente para agradecer, pedir y encontrarse en torno a un ritual que ya forma parte de la identidad de Villa Ramallo.
A las nueve de la mañana ya no queda una mesa libre. El salón del Club Independiente de Villa Ramallo hierve de conversaciones, el café recién servido perfuma el ambiente y las medialunas desaparecen de las bandejas casi al mismo ritmo que los pequeños vasos de caña con ruda. Alguien podría decir que el club siempre está lleno. Y tendría razón. Pero el primer día de agosto ocurre algo distinto. No es una mañana cualquiera. Es el día.
El desfile comienza antes del amanecer y no se detiene hasta entrada la tarde. Van llegando de a uno, en parejas o en grupos. Algunos pasan apenas unos minutos; otros aprovechan para quedarse conversando durante horas. Los hay médicos, comerciantes, albañiles, docentes, jubilados, deportistas, periodistas, productores rurales, empleados, dirigentes políticos y vecinos de toda la vida. No importa la profesión ni la edad. Durante unas horas, las diferencias desaparecen detrás de un mismo gesto: levantar el vaso y beber tres sorbos de caña con ruda.
En el otro lado del mostrador está Gabriel De Rosa.
Con la naturalidad de quien repite un movimiento aprendido hace décadas, sirve la bebida una y otra vez. Lo hace con la misma dedicación con la que su familia sostiene el buffet del club desde 1999.
Junto a su hermano Gustavo, los De Rosa terminaron convirtiéndose, casi sin proponérselo, en los guardianes de una de las tradiciones más arraigadas de Villa Ramallo.
La caña está preparada, como manda la costumbre. Hay dos variedades para elegir, porque cada habitué tiene su preferida. Algunos llegan convencidos de que hay que tomarla apenas sale el sol; otros aparecen cerca del mediodía. Pero todos coinciden en algo: el ritual no puede faltar.
"Hay quienes vienen a agradecer, otros a pedir salud, trabajo o simplemente a cumplir con la costumbre", cuenta Gabriel mientras apenas encuentra un respiro entre un cliente y otro.
La escena parece suspendida en el tiempo. No hay promociones, ni carteles anunciando el evento, ni campañas en las redes sociales. El boca en boca alcanza y sobra. Los vecinos saben dónde tienen que estar el 1° de agosto.
Entre las mesas se escuchan bromas, anécdotas, recuerdos y también confesiones. Un hombre levanta el vaso y sentencia con una sonrisa: "Tres sorbos... y que no falte".
Otro, mientras espera su turno, resume el sentido de la jornada con una frase sencilla que luego repetiría al aire de Radio Ramallo: "Hoy se agradece por lo que tenemos y se pide por lo que vendrá".
El Club Independiente tiene una historia que excede al deporte. Durante años fue uno de los lugares elegidos por Juan María Traverso cuando regresaba a Villa Ramallo para compartir largas charlas con amigos.
Los habitués todavía recuerdan al "Flaco" sentado en alguna de esas mesas, café de por medio y, según cuentan quienes lo conocieron, sin dejar pasar la oportunidad de cumplir también con el ritual de la caña con ruda.
Quizás por eso el club adquirió una dimensión especial. Es mucho más que un buffet o una institución deportiva. Cada primer día de agosto se transforma en una especie de santuario popular donde la tradición encuentra refugio.
Un lugar donde la Pachamama recibe el homenaje silencioso de cientos de personas que, sin importar sus creencias, sienten la necesidad de detenerse unos minutos para agradecer y pedir.
Gabriel y Gustavo De Rosa nunca buscaron convertirse en protagonistas de esa historia.
Sin embargo, con el paso de los años terminaron siendo parte inseparable del ritual. Son ellos quienes reciben a cada vecino con una sonrisa, preparan la caña con anticipación y mantienen viva una costumbre que ya atraviesa generaciones.
Mientras afuera la rutina sigue su curso, adentro del Club Independiente agosto comienza de otra manera.
Con tres sorbos, un café compartido, una charla entre amigos y la certeza de que algunas tradiciones sobreviven precisamente porque nunca necesitaron hacerse grandes. Les alcanzó siempre con ser auténticas.
Y así, una vez más, el viejo buffet vuelve a demostrar que las identidades de los pueblos también se construyen alrededor de una mesa, de un brindis sencillo y de un rito que, año tras año, se niega a desaparecer.