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LOCALES
18 de febrero de 2026

El histórico profesor de la Escuela Técnica y fundador de la Escuela Profesional recordó los carnavales solidarios que ayudaron a construir aulas y talleres, defendió la formación en oficios y dejó una reflexión sobre el presente: “Educar es formar personas para el trabajo y para la vida”.
A los 18 años, Antonio de Zavaleta no soñaba con dar clases. “Mi locura era ser mecánico de motores”, cuenta entre risas, sentado frente al micrófono. Habían pasado pocos años desde que terminó la primaria y viajó a Rosario para estudiar en el Colegio San José de Rosario. La escuela técnica en Ramallo todavía no existía.
El destino cambió de golpe cuando su padre se quedó sin trabajo. “Para comer no les va a faltar —me dijo—, pero si querés seguir estudiando te lo vas a tener que pagar vos”. Antonio se bajó del colectivo en la esquina de Belgrano y San Martín y empezó a recorrer talleres. Golpeó la puerta de Reynaldo Menucci y consiguió empleo a prueba. Días después, el director de la entonces Escuela Industrial entró al taller con una propuesta inesperada: necesitaba dos profesores.
“Yo nunca en mi vida pensé que iba a dar clases”, repite. Pero aceptó. “El primer día tenía un miedo que no me entraba en el cuerpo”. Aquellos alumnos de 1966 serían la primera camada de técnicos electromecánicos formados íntegramente en la ciudad.
Con el tiempo, la docencia dejó de ser una salida laboral para convertirse en vocación. “Si Dios me diera otra vida, sería docente de nuevo, porque para mí es la mejor profesión”, afirma. Y explica por qué: “Cada tres meses cambiábamos de grupo. Cambiaban las historias, los problemas, las realidades. Eso te forma también a vos”.
Zavaleta recordó que en los años 60 los carnavales no eran solo fiesta: eran comunidad organizada. “La gente trabajaba meses enteros preparando carrozas y comparsas. Se cobraba entrada y parte iba para las escuelas”. La Técnica y la de Comercio recibían fondos que luego se transformaban en obras.
“Los negocios también colaboraban porque les convenía que el corso estuviera. Se recaudaba y quedaba buena plata”, señala. Con ese dinero, las cooperadoras avanzaban en mejoras edilicias en tiempos donde “no había subsidios de ningún lado”.
Evoca carrozas armadas sobre acoplados, réplicas de locomotoras hechas con chapa y cartón, comparsas, elección de reinas y bailes que terminaban con el salón inundado de agua. “Era todo el pueblo trabajando junto”, resume. Esa misma lógica solidaria, dice, fue clave para el crecimiento de las instituciones educativas.
Tras más de cuatro décadas en la Escuela Técnica y la creación de la Escuela Profesional en 1978, Zavaleta distingue conceptos. “Yo más que educación digo formación. La educación viene del hogar. Nosotros formamos para el trabajo y para la vida”.
Su idea es concreta: “Educar las manos para el trabajo”. Para él, el aprendizaje empieza en el taller. “De un pedazo de chapa hacíamos una palita. Pero lo importante no era la palita: era aprender a medir, a doblar, a agujerear. Eso lo va a aplicar en todo”.
Recuerda con orgullo que muchos egresados ingresaban a fábricas locales o continuaban ingeniería sin sobresaltos. “Lo que habían mamado en la escuela era lo mismo que veían en primer año”.
Con mirada crítica sobre el presente, advierte: “La esencia de la escuela técnica es el taller. Donde se aprende es en el taller”. Y lamenta la falta de mano de obra especializada: “No hay torneros. No hay gente preparada”.
Sin embargo, no habla desde la nostalgia sino desde la convicción. “No hay cosa más linda que llegar a tu casa y decir: compré este kilo de asado con lo que me gané trabajando”.
En esa frase sencilla se condensa su filosofía. La escuela como herramienta de dignidad. La comunidad como sostén. Y la docencia como una elección que, si pudiera, volvería a hacer sin dudar.
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