Domingo
30 de Agosto de 2026
ACTUALIDAD
30 de agosto de 2026
A metros uno del otro, el Atlético Club Paraje Zino se prepara para celebrar su centenario mientras el almacén de campo, estiman con 170 años de historia y hoy concesionado a la familia Zariaga, sigue siendo el lugar donde esa memoria se comparte, sándwich de por medio
Hay lugares donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que se acomoda entre estantes de madera gastada, frascos de golosinas y carteles pintados a mano. Paraje Zino es uno de ellos. A dieciséis kilómetros de Ramallo, sobre la Ruta Provincial 51, este rincón rural sigue latiendo al ritmo de una sola institución con dos corazones: el club y su almacén, que forman parte de un mismo predio y de una misma historia.
El cartel lo dice todo apenas se cruza la puerta: "Paraje Zino, Almacén de Campo". Debajo, otro cartel más pequeño y más antiguo —"¿Ah yo fui?", firmado por Juan José Rocha— parece guardar una anécdota que ya nadie necesita explicar, porque todos los que entran la conocen de memoria.
La construcción que hoy funciona como almacén tiene, según cuenta María José, más de 170 años. Los techos de chapa y madera, las paredes descascaradas que dejan ver capas de pintura de distintas épocas y las viejas estanterías de pino no son decoración: son la estructura original, la misma que vio pasar generaciones de familias del campo ramallense.
El almacén es parte del club: es la propia institución la que, a lo largo de los años, fue cediendo su concesión a distintas familias del paraje. Hoy esa concesión la tiene la familia Zariaga.
Detrás del mostrador, entre yerbas, fiambres, golosinas sueltas en frascos de vidrio y una vieja radio, atienden María José Roldán y Malena Cejas, las encargadas del local, que reciben a cada visitante con la misma naturalidad con la que se recibe a un vecino de toda la vida.
Mientras el salón central del club se prepara para un acontecimiento social, la familia Zariaga cocina en otro espacio del predio.
Ese ir y venir —entre la cocina, el mostrador y las mesas— es apenas una postal de lo que significa sostener un almacén de campo: no hay horarios estrictos, hay presencia constante.
En el mostrador, una lista escrita a mano ordena los precios de fiambres y sándwiches: bondiola y queso, jamón crudo y queso, milanesa, matambre. No hace falta menú sofisticado.
La gente de la zona se acerca especialmente a comer un sándwich de bondiola, una milanesa recién hecha o una picada de quesos y salamines, acompañada de algún aperitivo servido despacio, como corresponde a las conversaciones que se estiran sin apuro.
Ahí, entre la pared de botellas y la vitrina fiambrera, se repite una escena que en la zona rural del partido de Ramallo se vivía igual hace cincuenta u ochenta años: gente que se reúne, que conversa, que hace del almacén un punto de encuentro tan importante como cualquier plaza.
A pocos metros, la fachada blanca y celeste del Deportivo Atlético Club "Paraje Zino" se recorta contra el cielo abierto del campo, con la bandera argentina flameando en su mástil.
La institución —que funciona también como restaurante de campo, escenario de cenas show y sede de las tradicionales despedidas de fin de año— se prepara para celebrar sus 100 años de vida institucional.
Con cancha de fútbol iluminada, cancha de bochas y un gran galpón cubierto, el club es el corazón institucional del paraje, y el almacén, su extensión natural: el lugar donde esa misma comunidad se sienta a la mesa todos los días, no solo en las grandes fechas.
Esa cercanía, física e institucional, es la que sostiene a Paraje Zino como un lugar que insiste en reunirse, en compartir la mesa y en no dejar que las tradiciones del campo argentino se apaguen.
El almacén abre todos los días menos los domingos, hasta las 21 horas.
No hay gran cartelería turística que lo señale desde la ruta, pero quienes conocen la zona saben que ahí, entre frascos de caramelos y fiambres colgados, sigue viva una forma de encuentro que la vida moderna fue borrando en otros lugares.
Paraje Zino, con su almacén centenario y su club a punto de cumplir cien años, es una postal de esa Argentina rural que se resiste a desaparecer: la que se sigue contando de sándwich en sándwich, de aperitivo en aperitivo, de conversación en conversación.