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24 de agosto de 2026
Claudia Mollard y José Luis Centofante contaron en “Patrimonio Ramallense” cómo transformaron una camioneta en su casa y emprendieron un viaje de diez meses por Latinoamérica, una experiencia que los llevó a recorrer caminos, paisajes y, sobre todo, a encontrarse con la solidaridad de la gente.
Hay viajes que se planifican durante meses y otros que, de alguna manera, comienzan mucho antes de poner en marcha el motor. Para Claudia Mollard y José Luis Centofante, los “Chento”, la idea de salir a recorrer el mundo nació de una pasión que fueron alimentando durante años y que encontró un impulso definitivo durante la pandemia.
En una nueva edición de “Patrimonio Ramallense”, Ariel Ribak conversó con el matrimonio sobre esa forma particular de entender la vida: viajar sin apuro, conocer lugares, compartir con otros y convertir una camioneta en una pequeña casa capaz de llevarlos por distintos países de Latinoamérica.
La aventura más reciente comenzó en septiembre del año pasado y se extendió durante diez meses. Recorrieron buena parte de Sudamérica hasta que una noticia familiar los hizo acelerar el regreso: mientras estaban en Perú se enteraron de que serían abuelos.
“Lo único que nos apura es la nieta”, contaron entre risas durante la entrevista. Amaya, la nueva integrante de la familia, terminó marcando el regreso a Ramallo, aunque no consiguió apagar las ganas de volver a salir a la ruta.
La historia de los viajes comenzó mucho antes. En 2020, José Luis compró una camioneta sin asientos y decidió transformarla. La pandemia retrasó los trabajos, pero finalmente, al año siguiente, estuvo lista. La cocina, la heladera, el horno y cada uno de los elementos necesarios fueron convirtiendo el vehículo en una verdadera casa sobre ruedas.
“Es una mini casita”, explicó Claudia al describir el espacio en el que pasan buena parte de sus días. Allí cocinan, duermen, lavan la ropa y organizan una vida cotidiana que, lejos de parecerse a la de un hogar convencional, tiene como escenario permanente una ruta.
Primero fueron los viajes por Argentina. Después llegó Brasil y más tarde el desafío de cruzar las fronteras para conocer otros países. Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela aparecieron en el recorrido, con distintas experiencias y paisajes, pero también con algo que terminó sorprendiendo particularmente al matrimonio: la generosidad de las personas que encontraron en el camino.
Venezuela ocupa un lugar especial en el relato. Claudia y José Luis hablaron de la situación económica que atraviesa el país, pero también de la calidez de sus habitantes. Recordaron a personas que, aun teniendo muy poco, encontraron la manera de ofrecerles algo.
Uno de esos momentos ocurrió cuando un venezolano los invitó a pasar una tarde en un cayo. “Esto es de amigo porque ustedes los argentinos con nosotros son buenísimos”, les dijeron. Para los viajeros, aquel gesto terminó siendo una de las tantas demostraciones de que detrás de cada frontera hay historias humanas que no aparecen en los mapas.
También quedaron los encuentros con otros viajeros. Las redes sociales y YouTube fueron construyendo una comunidad de personas que comparten la misma pasión. Coordenadas, recomendaciones y lugares seguros fueron pasando de viajero en viajero.
“Hay mucha solidaridad entre los que hacen eso”, remarcaron al explicar cómo otros viajeros los ayudaron a encontrar sitios donde detenerse, desde Quito hasta Cuzco.
La seguridad fue otro de los temas abordados durante la charla. El matrimonio contó que no tuvieron inconvenientes importantes y que aprendieron a buscar lugares donde sentirse protegidos. “Donde para el camionero es un lugar seguro”, explicó José Luis, una de las claves que incorporaron durante el recorrido.
La vida en la ruta también tiene sus pequeñas estrategias. Cuando permanecen varios días en un lugar, aprovechan para lavar ropa, ordenar y poner en condiciones la camioneta. Incluso desarrollaron su propio sistema de lavado utilizando elementos sencillos.
Entre anécdotas y risas, quedó claro que para los Chento viajar no significa solamente acumular kilómetros. También implica aprender a vivir con menos, resolver problemas sobre la marcha y aceptar que el camino tiene sus propios tiempos.
Hubo jornadas de apenas diez kilómetros y otras en las que llegaron a recorrer 600 o 700. En Ecuador, las montañas y las rutas complicadas obligaron a reducir el ritmo. “Hacíamos 100 kilómetros en el día, no podías hacer más”, recordaron.
La camioneta, una protagonista más de la historia, también soportó el esfuerzo. Con unos 5.000 kilos de peso entre vehículo y equipamiento, recorrió miles de kilómetros y regresó a Ramallo con el desgaste lógico de quien pasó meses atravesando distintos climas y caminos.
Pero si hay una frase que resume el espíritu de la entrevista es la que apareció sobre el final de la charla, cuando Ariel Ribak los felicitó por la manera en que eligieron vivir esta etapa.
“No hay que tener miedo, hay que darle para adelante”, sostuvo el matrimonio.
Y esa frase parece explicar mucho más que una decisión de viajar. Habla de animarse, de no esperar el momento perfecto y de entender que el tiempo disponible para cumplir algunos sueños no es infinito.
Entre los próximos destinos aparecen Paraguay, el Pantanal brasileño y, más adelante, un proyecto todavía mayor: Europa. Italia y España están entre los lugares que quieren conocer, aunque José Luis tiene claro que todavía quiere “sacarle el jugo” a la motorhome.
La entrevista de “Patrimonio Ramallense” dejó así mucho más que el relato de un viaje. Dejó la historia de dos ramallenses que encontraron en la ruta una manera distinta de seguir construyendo recuerdos.
Porque para Claudia y José Luis, cada parada tiene algo para descubrir, cada persona puede convertirse en un amigo y cada camino puede llevar a una nueva historia.
Y mientras Amaya los espera en Ramallo, la próxima aventura ya empieza a tomar forma.