Domingo
23 de Agosto de 2026
LOCALES
23 de agosto de 2026
La profesora fue protagonista de una charla que colmó la Biblioteca Popular Fortunato Zampa. A través de la pintura, la literatura y la historia, recorrió las obras de Pallière, Pueyrredón y Ángel Della Valle, llegó a Santos Vega y al Martín Fierro y volvió a demostrar que el conocimiento también puede transformar la manera en que una comunidad mira su propia historia.
Hay clases que terminan cuando suena el timbre. Y hay otras que, muchos años después, siguen sucediendo.
El viernes 22 de agosto, la Biblioteca Popular Fortunato Zampa volvió a convertirse en aula. No hubo bancos ni pizarrón, pero sí algo que quienes alguna vez pasaron por las aulas reconocieron rápidamente: esa sensación de estar frente a alguien que no solamente transmite conocimiento, sino que consigue despertar el deseo de seguir preguntando.
Matilde Nava fue la protagonista de una charla que colmó la biblioteca. La propuesta, titulada “El arte como reflejo de la realidad histórica”, había nacido a partir del intercambio con integrantes de la Junta de Estudios Históricos y buscaba tender un puente entre pintura, literatura, historia, cultura y sociedad.
La presentación estuvo a cargo del profesor Roberto Filpo. Y desde el comienzo quedó claro que no se trataba de una conferencia para mirar el pasado desde lejos.
Matilde Nava propuso volver a mirar aquello que muchas veces creemos conocer.
Y en esa mirada aparecieron los paisajes, los personajes, las costumbres y los conflictos que fueron construyendo una parte de nuestra identidad.
El recorrido comenzó con las pinturas de Juan León Pallière, aquellas escenas que registraron paisajes y personajes de la Argentina del siglo XIX.
Entre esas imágenes apareció un territorio cercano: Estrella Federal, en el sur del partido de Ramallo.
Antes de llamarse Estrella Federal, aquel lugar había sido conocido como Estancia El Ombú. Su primer nombre oficial se remonta a mediados del siglo XIX y estuvo inicialmente vinculado a la familia de Antonio Obligado, para luego pasar a manos de Jaime Llavallol y sus descendientes.
Las pinturas dejaron entonces de ser simplemente cuadros.
Se convirtieron en documentos.
En una de las escenas apareció también la esquila de ovejas y, a partir de esa imagen, la charla se conectó con la historia productiva de la región. Filpo recordó durante la presentación la importancia que tuvo la ganadería ovina y señaló que en la zona se habían alcanzado cifras cercanas a las 400 mil cabezas.
De pronto, aquello que podía parecer lejano en el tiempo estaba ahí, en la memoria de Ramallo.
Un paisaje conocido adquiría otra dimensión.
Matilde Nava fue avanzando sobre las obras de Pallière y luego llegó a Prilidiano Pueyrredón, utilizando sus pinturas para explicar no solamente cómo se vestían los hombres y mujeres de aquella época, sino también cómo las costumbres, los objetos y las prendas cuentan procesos históricos.
La vestimenta del gaucho fue una de esas puertas.
La llegada de determinadas prendas vinculadas a los uniformes utilizados durante la Guerra de Crimea y su posterior circulación hasta estas tierras permitió explicar cómo elementos nacidos en otros escenarios terminaron incorporándose a la vida cotidiana de los gauchos.
La historia apareció entonces como algo vivo, cambiante, atravesado por intercambios culturales.
No había fechas aisladas.
Había personas.
Había decisiones.
Había contextos.
Y había imágenes capaces de contarlo.
El recorrido llegó después hasta Ángel Della Valle y allí la clase adquirió otra profundidad.
Su obra permitió poner en tensión una de las grandes discusiones de la historia argentina: civilización y barbarie.
Matilde Nava llevó la mirada hacia Sarmiento, hacia las ideas de época y hacia la forma en que la sociedad construyó representaciones sobre aquellos que quedaron ubicados de un lado u otro de esa disputa.
Y entonces apareció “La vuelta del malón”, una obra de 1892 que permitió introducir otra dimensión: la figura de la cautiva, el conflicto entre mundos y las representaciones que la pintura construyó sobre la frontera.
Otra vez, el cuadro no era solamente un cuadro.
Era una manera de contar la historia.
Y la historia, a su vez, era una forma de preguntarnos cómo fuimos construyendo las ideas con las que todavía hoy miramos nuestro pasado.
La literatura apareció como otro territorio para continuar ese viaje.
Matilde llevó a los presentes hacia “Santos Vega”, de Rafael Obligado, donde la figura del payador se convierte en símbolo de un mundo que empieza a transformarse frente al avance de nuevas formas de organización social y económica.
El payador, la tradición, el progreso y el cambio volvieron a encontrarse.
Finalmente llegó José Hernández.
Y con el Martín Fierro apareció otra voz, otro protagonista y otra manera de narrar la Argentina.
Matilde Nava leyó fragmentos de la obra y puso en diálogo la primera y la segunda parte del poema, permitiendo observar la transformación del personaje y también las diferentes circunstancias históricas y sociales que atraviesan ambos textos.
Durante casi dos horas, la biblioteca se convirtió en una clase.
Pero no en una clase cualquiera.
Para quienes fueron alumnos de Matilde Nava, hubo algo todavía más profundo. Muchos de los adultos que estaban sentados escuchándola habían pasado años atrás por sus aulas.
Y quizás por eso la escena tuvo una emoción especial.
Porque mientras Matilde explicaba, quienes alguna vez fueron sus estudiantes volvieron, por un rato, a sentirse alumnos.
No por nostalgia.
Por admiración.
Porque escucharla nuevamente permitió comprobar que aquella pasión por enseñar no quedó detenida en las aulas.
Sigue investigando.
Sigue buscando.
Sigue encontrando conexiones entre una pintura, un libro, un personaje y una historia local.
Y sigue disfrutando de ese momento maravilloso en el que un dato deja de ser solamente un dato y se convierte en conocimiento.
Al final llegaron los aplausos.
También los saludos, los abrazos y las conversaciones compartidas.
La Biblioteca Zampa había quedado chica para una actividad que, en realidad, hablaba de algo mucho más grande: la posibilidad de construir conocimiento desde una comunidad pequeña.
Porque quizás ese sea uno de los mensajes más importantes que dejó la jornada.
Para quienes todavía creen que en los pueblos “no pasa nada”, noches como esta demuestran exactamente lo contrario.
Pasa.
Hay personas que investigan.
Hay personas que enseñan.
Hay instituciones que generan espacios.
Hay historias locales que todavía esperan ser contadas.
Y hay generaciones dispuestas a escuchar.
La Junta de Estudios Históricos parece haber llegado para quedarse y ya anticipó que en septiembre habrá una nueva charla.
Mientras tanto, la clase de Matilde Nava continuará resonando en quienes estuvieron allí.
Especialmente en quienes alguna vez fuimos sus alumnos.
Porque dos horas después, al salir de la biblioteca, muchos pudieron sentir algo difícil de explicar: que habían vuelto a la escuela secundaria.
Pero esta vez entendiendo algo que quizás solamente se aprende con los años: que una buena profesora no enseña solamente lo que sabe. Enseña a mirar.
Y Matilde Nava, una vez más, hizo exactamente eso.