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Christian Capridi volvió a la escuela donde cursó sus estudios para dialogar con los alumnos Bautista Ramini, Álvaro Gómez y Maximiliano Penessi. En una entrevista cargada de recuerdos, contó cómo pasó de aprender de manera autodidacta a capacitarse en Alemania y convertirse en uno de los restauradores de motocicletas BMW clásicas más reconocidos del país, dejando un mensaje sobre el valor de la educación y la formación permanente.
Hay historias que parecen sacadas de una película. Empiezan en un aula de una escuela pública, continúan entre motores desarmados y terminan recorriendo el mundo. La de Christian Capridi es una de ellas.
Pero esta vez el escenario no fue un taller repleto de motocicletas BMW. Fue la Escuela de Educación Secundaria N.º 1 "Dr. José Antonio Nava", el mismo lugar donde décadas atrás cursó sus estudios y donde volvió para responder las preguntas de los alumnos de sexto año: Bautista Ramini, Álvaro Gómez y Maximiliano Penessi.
Los jóvenes prepararon una entrevista distinta. No buscaban solamente conocer cómo se restaura una motocicleta clásica. Querían descubrir cómo un vecino de Ramallo, formado en la escuela pública, llegó a convertirse en un referente internacional sin abandonar nunca su ciudad.
"Nosotros estamos en sexto año, tenemos 17 años y la cabeza llena de preguntas sobre qué vamos a hacer con nuestro futuro. Por eso decidimos venir a buscarte", le dijo Bautista al comenzar la charla.
La respuesta de Capridi sorprendió desde el primer momento.
"Sí, claro que tenía un montón de dudas", respondió cuando Álvaro le preguntó si a esa edad ya sabía cuál sería su destino.
"Pensaba en ir a estudiar a Rosario, como hicieron la mayoría de mis amigos. Pero después se dieron varias circunstancias. Me tocó hacer el servicio militar y cuando volví apareció una oportunidad que me cambió la vida."
Corrían los primeros años de la década del noventa. La apertura de las importaciones permitió el ingreso masivo de motocicletas japonesas y europeas. Mientras muchos veían simplemente vehículos nuevos circulando por las calles, Christian detectó una necesidad.
"Había muchísimas motos y nadie que las pudiera arreglar."
No existían escuelas especializadas ni tutoriales en internet. Aprender implicaba leer manuales técnicos, observar a otros mecánicos y equivocarse muchas veces.
"A través de manuales y de manera autodidacta empecé con todo esto de la mecánica de motos. Ya llevo 35 años hablando de motos", recordó.
Sin embargo, el verdadero salto llegó cuando decidió cruzar el océano.
Su pasión por BMW lo llevó hasta Alemania, el país donde nació la marca.
"Después terminé yéndome a Europa también. Trabajé en un taller de BMW. Pero la posibilidad de llegar hasta allá fue haberme formado primero acá. Si yo hubiera ido sin conocimientos, todavía estaría sentado en mi casa."
Aquella experiencia cambió definitivamente su manera de entender el oficio.
No solamente aprendió nuevas técnicas.
También descubrió otra cultura del trabajo.
"En Alemania tienen un faltante tremendo de mano de obra especializada. Yo viajaba durante el verano de ellos, que es nuestro invierno, para poner en marcha motos que habían quedado guardadas durante meses. Ahí adquirí muchísimo más conocimiento todavía."
Su historia demuestra que el aprendizaje nunca termina.
Y eso quedó claro cuando los estudiantes le preguntaron qué sentía al regresar a la escuela donde había cursado el secundario.
Christian miró las aulas renovadas y sonrió.
"Pensar que salí de acá... y que toda la formación que tuve me sirvió. A veces, cuando uno está haciendo el secundario, dice: '¿Y esto para qué me sirve? ¿La matemática para qué?'. Pero después te das cuenta de que todo sirve."
La reflexión fue más allá de las materias.
"He tenido varios chicos trabajando conmigo y un chico que terminó el secundario hace una diferencia enorme con el que no lo terminó. La formación siempre es importante. Una cosa es leer un manual y otra es leerlo y entenderlo."
No hablaba solamente de mecánica.
Hablaba de educación.
De comprensión.
De pensamiento.
De herramientas para toda la vida.
Con el paso de los años, el pequeño taller de Ramallo comenzó a recibir consultas de todo el país y del exterior. Lo llamaban coleccionistas, restauradores y viajeros que buscaban resolver problemas mecánicos en motos BMW clásicas.
Sin hacer publicidad.
Sin campañas en redes sociales.
"Yo nunca hice publicidad. Todo fue de boca en boca. Ya estoy al límite de mi capacidad de trabajo. Si hiciera publicidad no podría atender toda la demanda."
Esa reputación también nació de otra característica: compartir el conocimiento.
"Uno asesora de corazón. Después eso te termina abriendo puertas para otras cosas. Este mundo parece enorme, pero termina siendo muy chico. Todos nos terminamos conociendo."
Su vínculo con BMW nació por casualidad.
Tenía una moto de esa marca y comenzó a apasionarse por su historia.
"BMW tiene más de cien años. Ellos hacían motores de aviones. Cuando Alemania perdió la Primera Guerra Mundial les prohibieron fabricar maquinaria militar y decidieron hacer motocicletas. Llevaron toda la tecnología aeronáutica a las motos y desde el primer momento fueron diferentes. Eso fue lo que me enamoró de la marca."
Pero su pasión nunca quedó encerrada dentro de un taller.
También se transformó en viajes.
Muchos viajes.
Recorrió América de punta a punta.
Condujo por Europa.
Conoció África.
Y todavía recuerda una aventura en plena selva amazónica.
"Nos dejaron abandonados en una isla sobre el río Madeira. Estábamos con las motos, sin saber cómo salir de ahí. Tuvimos que esperar varios días hasta conseguir un barco y subir las motos por una tabla porque ni siquiera podía acercarse a la costa. Ahí sí pensé: '¿Qué estoy haciendo acá?'", recordó entre risas.
Cada viaje alimentó su experiencia como mecánico.
Y cada experiencia terminó mejorando su trabajo.
Por eso, cuando le preguntaron qué significa realmente tener éxito, no habló de dinero.
Ni de fama.
Ni de reconocimiento.
Respondió con una frase que resume toda su historia.
"Para mí el éxito es hacer lo que te gusta. Yo hice lo que quise. Fui por el camino que me apasionaba y después pude vivir de eso. Pero le puse una pasión tremenda y se la sigo poniendo todos los días."
Antes de despedirse, Bautista le hizo una última pregunta.
Si pudiera volver el tiempo atrás y encontrarse con aquel estudiante de 17 años que estaba por terminar el secundario, ¿qué consejo le daría?
Capridi no dudó.
"No me arrepiento de nada. Y les digo a ustedes que no hace falta irse para cumplir un sueño. La formación que me dio esta escuela me sirvió muchísimo y les va a servir a todos, hagan lo que hagan."
Cuando terminó la entrevista hubo un aplauso.
Pero también quedó una enseñanza.
Los tres estudiantes no solo entrevistaron a un especialista en motocicletas BMW.
Escucharon a un hombre que convirtió la curiosidad en una profesión, los viajes en una escuela y el conocimiento en un puente hacia el mundo.
Porque la verdadera historia de Christian Capridi no empieza en Alemania, ni en Europa, ni en una motocicleta clásica.
Empieza mucho antes.
Empieza en un aula de la Secundaria N.º 1 de Ramallo.
Y demuestra que la educación no termina cuando suena el timbre del último día de clases. A veces, ese es apenas el punto de partida de una vida extraordinaria.