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2 de abril de 2026

“Esto va a ser tan grande que uno tiene que estar todo el día en el club”

La frase de Luis María "Tilo" Giordano todavía impacta en la memoria. En los 80 años de Defensores de Belgrano de Villa Ramallo, Héctor Storti y Mónica Manera repasaron los inicios de la transformación impulsada por “Tilo” Giordano y el camino que convirtió a la institución en un espacio de pertenencia y desarrollo comunitario.

En el corazón de Villa Ramallo, donde el club es mucho más que una camiseta o un resultado, las historias se cuentan con emoción y sentido de pertenencia.

En el marco de los 80 años del Club Defensores de Belgrano, Héctor Storti y Mónica Manera reconstruyeron, con memoria viva, el punto de partida de una transformación que marcó a generaciones. Y en ese relato aparece, inevitablemente, una figura central: Luis María “Tilo” Giordano.

“En el año 84, con la presidencia de Tilo, se decidió hacer una apertura deportiva en el club”, recordó Héctor, ubicando el momento exacto en que comenzó a gestarse un cambio profundo. Hasta entonces, la institución tenía una estructura limitada: fútbol, bochas y natación en verano. Pero la mirada de Giordano iba mucho más allá. “Tenía una idea muy progresista: el club tenía que crecer, desarrollarse, generar infraestructura”, sintetizó.

Ese impulso inicial no estuvo exento de incertidumbre. “Había un proyecto, una idea, sensaciones, pero nada establecido en cuanto a lo que iba a pasar”, admitió Héctor.

Sin embargo, el motor fue otro: las ganas. “Se empezó a trabajar con muchas ganas, con la inquietud de abrir las puertas a otros deportes para que más chicos se acerquen. Eso iba a atraer a las familias y generar un desarrollo diferente”.

Mónica, por su parte, aportó la mirada de quien llegó desde afuera pero rápidamente se integró a ese proceso. “Empezamos desde el desconocimiento. Héctor iba a Buenos Aires a ver cómo trabajaban clubes como Independiente o Ferro, y tratábamos de adaptarlo a Ramallo”, contó. En tiempos sin internet, el aprendizaje era artesanal, pero constante.

La clave, coinciden ambos, fue la conjunción de voluntades. “Se alinearon los planetas”, definió Héctor. “Apareció Tilo con una idea distinta y un montón de gente que se sumó. Padres, colaboradores, amigos… muchísima gente que acompañó y trabajó”.

En ese contexto, una escena resume la dimensión de la apuesta. Héctor recordó el momento en que Giordano lo convenció de involucrarse de lleno: “Me dijo: ‘Esto va a ser tan grande que uno de nosotros tiene que estar todo el día en el club, y ese tenés que ser vos’”. En ese entonces, la propuesta parecía desmedida. “Yo tenía más dudas que certezas, porque la realidad era otra. Pero él veía cosas que nosotros no”.

Ese “ver más allá” fue determinante. No solo en la expansión de actividades, sino en la profesionalización del club. La llegada de profesores con experiencia fue un punto de inflexión. “Nos enseñaron lo que era un club desde lo filosófico y lo profesional. Nosotros teníamos el entusiasmo, pero no estábamos preparados para desarrollar una idea tan grande”, reconoció Héctor.

Mónica también subrayó ese proceso de aprendizaje colectivo: “Queríamos aprender. Y realmente era gente que estaba a otro nivel. Todo eso fue lo que permitió construir lo que vino después”.

El crecimiento no tardó en reflejarse en la vida cotidiana del club. Las competencias de natación en los veranos, los eventos sociales, la incorporación de nuevas disciplinas. “Los campings explotaban, era impresionante”, evocó Héctor. Era, en definitiva, una institución que empezaba a convertirse en punto de encuentro de toda la comunidad.

Pero si hay un logro que ambos destacan por encima de los demás es la formación de personas. “Nuestro sueño era que los deportistas sean buenos deportistas o buenos dirigentes”, señaló Mónica. Y Héctor lo amplió: “Nos propusimos generar profesores con identidad, que sean hinchas del club. Eso lo conseguimos. Muchos chicos que fueron deportistas hoy son entrenadores o dirigentes”.

Ese sentido de pertenencia también se construyó desde lo simbólico. Como la creación de la marcha del club, nacida casi de manera improvisada. “Yo golpeaba la mesa y la cantaba, y así salió la música”, relató Héctor entre risas. Hoy, décadas después, sigue sonando y siendo cantada por las nuevas generaciones. “Eso también era lo que queríamos: que los chicos la hagan propia”.

A lo largo de los años, el club atravesó distintos contextos, crisis y etapas. Pero hay una idea que se mantiene como guía. “Los clubes son paredes y terrenos, pero en definitiva son la gente”, reflexionó Héctor. Y dejó una definición que resume el espíritu de Defensores: “Del club no hay que esperar nada, porque el club es tuyo. Cada uno tiene que dar, participar y acompañar”.

En ese camino, también hubo enseñanzas personales que marcaron a fuego. Héctor recordó una frase de un referente de su infancia Oscar Closas: “Yo vengo al club porque este es mi club. Puede haber personas con las que no esté de acuerdo, pero eso no cambia mi pertenencia”. Una lección que, según dijo, intentó transmitir siempre.

A 80 años de su fundación, Defensores de Belgrano sigue creciendo, ahora con nuevas generaciones al frente. “Hay gente joven que trabaja de otra manera, y hay que apoyarlos”, sostuvo Mónica. “El club que sueño es que siga así, creciendo”.

Héctor coincidió, aunque con una mirada atravesada por el contexto: “Nada se puede analizar fuera de lo que pasa en el país. Pero la idea es que la gente se acerque, que participe, que se comprometa. Eso es lo que permite sostener el proyecto”.

En definitiva, la historia de Defensores no se explica solo por obras o logros deportivos, sino por una construcción colectiva que comenzó con una idea y se sostuvo en el tiempo gracias a la comunidad. Aquella intuición de “Tilo” Giordano —la de un club grande, abierto y en permanente desarrollo— no solo se cumplió, sino que sigue proyectándose hacia el futuro.

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