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28 de Agosto de 2026
LOCALES
28 de agosto de 2026
La lluvia está por encima de los registros habituales en la región y condiciona la cosecha de maíz, el inicio de la siembra y el desarrollo de los cultivos de invierno. El ingeniero Mariano García, de la Cooperativa Agropecuaria de La Violeta, advierte que la campaña exigirá aprovechar cada ventana que permita el clima.
En el campo, hay momentos en los que la planificación cede lugar a la espera. La maquinaria está lista, los lotes preparados y las decisiones tomadas, pero falta algo que no se puede controlar: que el suelo tenga piso y que el tiempo abra una ventana suficiente para trabajar.
Ese es, por estos días, uno de los principales desafíos que atraviesa la producción agropecuaria en la región de Ramallo y La Violeta. Las lluvias de agosto se encuentran por encima de los registros habituales y el exceso de humedad empieza a condicionar distintas actividades de la campaña.
El ingeniero agrónomo Mariano García, de la Cooperativa Agropecuaria de La Violeta, explicó en diálogo con Radio Ramallo que el escenario obliga a mirar con especial atención cada oportunidad que ofrece el clima. “Venimos con lluvias un poquito por encima de lo normal”, señaló, una situación que tiene consecuencias concretas a la hora de entrar a los lotes.
Uno de los principales problemas está en la cosecha del maíz. Todavía quedan lotes por levantar y, en algunos sectores, el suelo no ofrece las condiciones necesarias para que puedan ingresar las máquinas. A esto se suma otro factor: la humedad del grano.
Cuando el maíz ingresa a la cosecha con un contenido de humedad elevado, debe ser secado hasta alcanzar la humedad base para su comercialización. Ese proceso representa un costo adicional para el productor. Por eso, esperar que el grano pierda humedad naturalmente puede significar una diferencia económica importante.
Pero no se trata solamente de esperar que el grano esté en condiciones. Entrar con maquinaria pesada sobre un suelo saturado también puede dejar consecuencias sobre el propio lote.
“Cuando no hay piso se hacen huellas”, explicó García, y recordó que trabajar en esas condiciones puede terminar complicando la recuperación del campo, especialmente en años lluviosos.
Mientras una parte de los productores todavía termina de levantar el maíz de la campaña anterior, otra ya comienza a preparar los lotes para la siembra de los cultivos de gruesa. El maíz temprano, cuya implantación suele comenzar durante septiembre, también queda condicionado por el escenario climático.
La temperatura será otro elemento determinante. Sembrar maíz con suelos demasiado fríos puede provocar una emergencia lenta y desuniforme, algo que luego puede repercutir sobre el rendimiento. Por eso, la decisión no pasa solamente por tener el lote preparado: también hay que encontrar el momento adecuado.
“Hay que ver un poquito cómo son los pronósticos de lluvias, elegir bien los lotes y esperar a que levanten las temperaturas”, explicó el profesional.
La campaña parece plantear una paradoja: hay agua, pero no necesariamente están dadas las condiciones para aprovecharla.
García sostuvo que frente a un exceso hídrico las herramientas de manejo son limitadas. Algunas prácticas pueden favorecer la infiltración, mientras que en lotes con riesgo de erosión resulta importante contar con una adecuada sistematización y terrazas.
Sin embargo, cuando las lluvias son excesivas, “no tenés mucha forma de manejar ese exceso de agua”, reconoció.
Por eso, el concepto que atraviesa esta campaña es el de aprovechar las ventanas. Tener los lotes preparados, la maquinaria disponible y las decisiones tomadas para poder ingresar rápidamente cuando las condiciones lo permitan.
Los pronósticos anticipan además que las precipitaciones podrían mantenerse por encima de lo normal y que el impacto podría hacerse más evidente durante la primavera y el verano.
En la región, sin embargo, la realidad no es uniforme. García marcó una diferencia que resulta fundamental para comprender el campo: aun dentro de una misma zona, las lluvias pueden presentar grandes variaciones.
Como ejemplo, señaló que durante agosto se registraron alrededor de 100 milímetros en la zona de Ramallo, mientras que hacia La Violeta los registros fueron considerablemente menores, de unos 40 milímetros. La distancia puede ser corta, pero las condiciones productivas cambian.
En medio de este escenario, los cultivos de invierno aparecen como una de las notas positivas.
El trigo presenta, según el relevamiento que realiza García junto al grupo de trabajo con el que se desempeña, un muy buen estado general. La superficie sembrada fue algo menor a la campaña anterior, aunque se mantuvo en niveles considerados positivos.
“Los trigos están fantásticos”, resumió el ingeniero.
Ahora la atención estará puesta en el período de floración, previsto para octubre. Para ese momento, las condiciones ideales serían temperaturas frescas, días soleados y ausencia de lluvias excesivas.
El problema es que, nuevamente, todo dependerá del clima.
La situación de las legumbres es diferente. La superficie destinada a arveja cayó de manera marcada, fundamentalmente por dos razones: la caída de los precios y el exceso de agua.
El mercado también pesa. García explicó que existe un importante stock de arvejas de campañas anteriores, lo que redujo la demanda y provocó una fuerte caída de los precios. Con esos valores, los márgenes esperados dejaron de resultar atractivos para muchos productores.
Aun así, algunos mantienen la actividad porque las legumbres cumplen un papel dentro de la rotación y ayudan a preparar el lote para los cultivos posteriores.
En la planificación de la campaña 2026/27, la soja continúa siendo el principal cultivo de verano, aunque el maíz viene recuperando superficie y adquiriendo mayor protagonismo.
La decisión, sin embargo, no se toma solamente mirando los rindes potenciales. Los costos de producción, especialmente el precio de los fertilizantes, condicionan las decisiones.
El productor enfrenta así una combinación de riesgos: climático, productivo y económico.
García puso el foco en una realidad que muchas veces queda oculta detrás de las grandes cifras del sector: “La gente que no es del sector habla del campo como si fuese algo uniforme”, señaló. Pero la realidad es mucho más diversa.
Las condiciones cambian de un lote a otro, de acuerdo con el suelo, el clima, la escala productiva, la tenencia de la tierra y la estructura de costos de cada productor.
En la región, además, la campaña de maíz que todavía se está cosechando muestra resultados muy dispares. Los rindes que más se escuchan rondan entre los 6.000 y 6.500 kilos por hectárea, valores que, según explicó García, pueden no alcanzar para cubrir los costos de producción y el alquiler.
El dato revela que detrás de una campaña nacional que puede mostrar buenos números existe otra realidad, mucho más cercana y heterogénea, que se define lote por lote.
La memoria productiva también guarda años de excesos hídricos. García recordó especialmente la campaña 2016/17, cuando en algunas zonas el barro y la acumulación de agua impidieron incluso avanzar con siembras posteriores.
Pero también aclaró que no existen dos años climáticos exactamente iguales.
Esa incertidumbre es, quizás, una de las características más difíciles de la actividad agropecuaria. El productor puede proyectar, calcular costos, elegir variedades, preparar maquinaria y planificar fechas. Pero finalmente necesita que el clima acompañe.
En la región, el desafío de los próximos meses será precisamente ese: encontrar los momentos adecuados dentro de un escenario que promete más lluvias de lo normal.
Por eso, mientras los trigos avanzan, el maíz espera su turno y las máquinas permanecen preparadas, el campo vuelve a mirar al cielo.
La campaña todavía tiene mucho por delante. Y, esta vez más que nunca, cada ventana climática puede convertirse en una oportunidad que no se puede dejar pasar.