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Tenían poco más que sueños, canciones y ganas de tocar. Aquella noche compartieron escenario con Los Redonditos de Ricota sin imaginar que, casi cuatro décadas después, seguiría recordando cada detalle como si hubiera ocurrido ayer.
Hay recuerdos que el tiempo no desgasta. Al contrario. Los vuelve más nítidos, más valiosos, más necesarios.
Cada vez que se habla del histórico recital que Los Redonditos de Ricota ofrecieron en Sobredosis el 9 de septiembre de 1989, la memoria colectiva suele detenerse en el Indio Solari, en Sky, en la Negra Poli y en una banda que ya empezaba a construir su leyenda. Pero esa noche también pertenece a un grupo de jóvenes músicos de Ramallo que tuvieron la oportunidad de abrir el show y vivir desde adentro una jornada que marcaría sus vidas para siempre.
Leopoldo "Chango" Tiberi y Mauricio Natalini eran apenas unos pibes con instrumentos, canciones propias y una enorme ilusión, eran "Damas gratis". No imaginaban que casi 37 años después seguirían hablando de aquella noche con la misma emoción.
"La noche del show de Los Redonditos en Ramallo, en Sobredosis, fue absolutamente una locura mágica. Una cosa que se agradece toda la vida haber podido estar ahí, haber podido hacer música ahí", recuerda hoy Tiberi.
Y en su voz todavía se percibe algo de aquel joven que subió al escenario con el corazón acelerado.
Porque para ellos no fue solamente un recital.
Fue una confirmación de que los sueños, a veces, suceden.
"Todo gracias a la enorme generosidad y buena gente de quienes eran dueños de Sobredosis en ese momento, "Guyo" Di Bucci, Marcelo Capridi y Alicia, que querían incorporar música local al show y que dieron la vida para llevar grandes bandas a Ramallo", destaca.
Aquella mañana comenzó con una conferencia de prensa. Después llegaron las pruebas de sonido, los preparativos y la posibilidad de observar de cerca a músicos que ya despertaban admiración.
"El único que probó el sonido fue Sky. Estuvo un rato ahí con la viola. El Indio estaba ahí al lado nuestro con esos movimientos que hacía, giraba y vocalizaba", recuerda Mauricio Natalini.
Son escenas pequeñas. Casi insignificantes para cualquiera. Pero inmensas para quienes las guardan desde hace décadas.
También recuerdan el encuentro con la Negra Poli, las charlas informales, la cercanía inesperada de artistas que parecían inalcanzables.
Y recuerdan, sobre todo, la emoción.
"Imaginate, estábamos súper excitados, emocionados, con cierto temor a cómo podía salir todo", cuenta Natalini.
Del otro lado los esperaba un público que había llegado a ver a Los Redonditos. Un público intenso, apasionado, exigente.
"Teníamos muy claro que había mucha gente que había ido a ver a Los Redonditos. Nosotros queríamos mostrar lo que hacíamos nada más", dice Tiberi.
Sin embargo, algo sucedió.
Los nervios se transformaron en energía.
"Todo potencia, todo felicidad, todo al doble de la velocidad que queríamos tocar porque estábamos muy, muy contentos de poder hacerlo."
La noche avanzó y el boliche explotó de gente.
"Desbordaba. No entraba un alfiler", resume Natalini.
Mientras tanto, detrás de una enorme cortina blanca, Los Redonditos preparaban una puesta en escena que todavía hoy sigue apareciendo en los recuerdos de quienes estuvieron allí.
"Lo único que se veía era la silueta del Indio y de los músicos. Después el Indio salía de esa barrera de humo blanco hacia el público y volvía. Fue alucinante. Una cosa imposible de describir."
Quizás la frase más conmovedora de todas llegue cuando Chango habla de aquello que nunca hicieron.
"Como éramos eternos, éramos jóvenes eternos y pensábamos que íbamos a vivir para siempre, no nos sacamos ninguna foto. Ni con los músicos, ni con Los Redonditos, ni con nadie. Porque pensábamos que lo íbamos a volver a repetir y nunca se repitió."
Tal vez allí esté la verdadera dimensión de aquella noche.
No en las fotos que faltan.
No en los videos que sobrevivieron.
Sino en la memoria de quienes estuvieron allí cuando todo era presente y todavía nadie sabía que estaba viviendo una parte de la historia.
Por eso, cuando Chango habla de "un tatuaje imborrable" o Mauricio la define simplemente como "una noche inolvidable", no están exagerando.
Están recordando el instante exacto en que un grupo de jóvenes músicos de Ramallo se cruzó con una leyenda del rock argentino y comprendió, aunque fuera por unas pocas horas, que la música podía volver eterno un momento.
Hoy, mientras la Argentina despide al Indio Solari y miles de seguidores vuelven sobre su obra, sus canciones y su legado, en Ramallo también regresan los recuerdos. No sólo los de un recital histórico, sino los de una noche que cambió para siempre la vida de muchos jóvenes músicos de la ciudad.
Aquella jornada del 9 de septiembre de 1989 ya forma parte de la historia grande del rock argentino. Pero para "Chango" Tiberi, Mauricio Natalini y tantos otros que estuvieron allí, sigue siendo algo más íntimo: el recuerdo de un sueño cumplido, de una emoción imposible de repetir y de un encuentro fugaz con una leyenda que acaba de partir.
Casi 37 años después, las luces de Sobredosis ya se apagaron, el escenario quedó atrás y muchas cosas cambiaron. Sin embargo, cada vez que la memoria vuelve a aquella noche, Ramallo recupera por un instante el eco de un tiempo irrepetible. Y en estos días de despedida, ese recuerdo vuelve a latir con más fuerza que nunca.