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3 de junio de 2026
María Cecilia Giardini construyó una trayectoria científica de prestigio internacional desde la educación pública y el trabajo en el INTA Castelar. En una entrevista con la Radio Ramallo, explicó cómo sus investigaciones permiten desarrollar métodos de control biológico más eficientes para proteger la producción frutícola argentina y habló sobre los desafíos que enfrenta hoy el sistema científico nacional.
Cuando María Cecilia Giardini ingresó como pasante al INTA Castelar en 2003, difícilmente imaginaba que dos décadas después se convertiría en una referencia internacional en el estudio de la mosca de la fruta, una de las plagas que más impacto tiene sobre la producción frutícola.
Su historia, sin embargo, es también la historia de miles de profesionales formados en la educación pública argentina. Desde sus primeros años en Ramallo hasta su doctorado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), cada etapa fue construyendo un recorrido que hoy tiene impacto directo en la competitividad de las economías regionales y en la apertura de mercados para las exportaciones argentinas.
Durante una entrevista con la Radio Ramallo, la investigadora del Instituto de Genética del INTA Castelar repasó su carrera, explicó el alcance de sus trabajos científicos y expresó su preocupación por la situación actual del organismo.
“Entré a INTA en el 2003 como pasante. Hice la tesina de licenciatura, después el doctorado y siempre trabajando en moscas de la fruta, en la parte de citogenética”, recordó.
Su especialidad consiste en estudiar los cromosomas de estos insectos para comprender aspectos claves de su biología y desarrollar herramientas de control más eficientes y amigables con el ambiente.
Ciencia para proteger la producción
Lejos de los laboratorios aislados de la realidad productiva, los trabajos que lidera Giardini tienen una aplicación concreta en los campos frutícolas de distintas regiones argentinas.
La mosca de la fruta es considerada una plaga cuarentenaria. Su presencia puede limitar exportaciones y generar fuertes pérdidas económicas. Por eso, el objetivo de los investigadores es reducir su impacto sin depender exclusivamente de insecticidas.
“La idea es poder controlar la plaga de la manera más amigable con el medio ambiente”, explicó.
En ese contexto, el INTA trabaja junto a otros organismos en la denominada Técnica del Insecto Estéril, una estrategia que consiste en liberar machos esterilizados que compiten con los ejemplares silvestres.
“La técnica del insecto estéril, en su parte más óptima, libera machos estériles porque son los que compiten con los machos silvestres por la cópula con la hembra”, detalló.
Cuando esos machos se aparean, los huevos depositados por las hembras no prosperan y la población de la plaga disminuye progresivamente.
Para que el método sea realmente efectivo, el conocimiento genético resulta fundamental. Allí aparece el trabajo que desarrolla Giardini desde hace años.
“Necesitás tener el conocimiento genético y citogenético para saber si esa mosca va a desarrollar un individuo macho o hembra”, señaló.
El mapeo cromosómico permite identificar los mecanismos de determinación sexual y avanzar en sistemas que faciliten la producción masiva de machos destinados a los programas de control biológico.
Educación pública, vocación y un futuro incierto
Más allá de los logros científicos, la investigadora destacó el papel que tuvo la educación pública en su formación profesional.
“Sí, sí, sí, 100%. Toda mi carrera de licenciatura y de doctorado la hice en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA”, respondió cuando fue consultada sobre su formación.
Esa combinación entre escuela pública, universidad pública y sistema científico estatal permitió que una joven surgida del interior bonaerense pudiera integrarse a proyectos de alcance internacional y publicar investigaciones reconocidas por la comunidad científica.
Actualmente, gran parte de los recursos que sostienen las investigaciones del laboratorio provienen de subsidios obtenidos en el exterior.
“Tenemos bastantes subsidios de afuera, que es lo que de alguna manera nos da un poco más de libertad y de acción”, explicó.
Sin embargo, el panorama que observa hacia adelante está atravesado por la incertidumbre. Según describió, el organismo atraviesa un proceso de reestructuración y restricciones presupuestarias.
“Estamos funcionando con presupuesto de emergencia”, afirmó.
La situación también impacta en los recursos humanos. Giardini señaló que numerosos investigadores y profesionales evalúan acogerse a programas de retiro voluntario y que existe preocupación por posibles reducciones de personal.
“De mi instituto se va casi el 15% de la gente”, advirtió.
A pesar de ese escenario, mantiene intacta la convicción sobre el valor estratégico de la investigación aplicada al agro argentino.
Su trabajo no solo aporta conocimiento científico. También ayuda a reducir costos productivos, minimizar el uso de agroquímicos, proteger el ambiente y sostener la competitividad de las exportaciones frutícolas.
Con humildad, evita personalizar los logros.
“No es un trabajo solamente mío, sino de todo el grupo de trabajo que tiene una experiencia de 45 o 50 años en el campo”, remarcó.
La historia de Cecilia Giardini demuestra que detrás de cada avance tecnológico que llega a una chacra o a una planta exportadora existe una larga cadena de conocimiento, formación y esfuerzo colectivo.
Una historia que comenzó en las aulas de la educación pública y que hoy proyecta ciencia argentina hacia el mundo, con impacto directo sobre una de las actividades productivas más importantes del país.