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17 de abril de 2026

Amenazas, miedo y desgaste: cuando la escuela queda sola frente a una sociedad en tensión

Pintadas y llamadas intimidantes al 911 en Ramallo y en todo el país exponen un fenómeno que va más allá de un posible reto viral: la fragilidad del entramado social, el corrimiento del rol pedagógico y una escuela convertida en último sostén ante la ausencia de otras redes.

Las amenazas de tiroteos en escuelas, replicadas en distintos puntos del país y también en Ramallo, no pueden leerse únicamente como una “broma de mal gusto” o un desafío viral surgido en plataformas como TikTok. Aun si ese fuera el disparador, el fenómeno revela algo más profundo: una sociedad tensionada, donde la escuela quedó expuesta como uno de los pocos espacios que todavía contienen, ordenan y sostienen.

El caso de la Escuela Técnica N°1 de Villa Ramallo y la Secundaria N°1 “Doctor José Antonio Nava”, donde aparecieron mensajes intimidantes y se activaron reclamos de padres, refleja que el problema no es ajeno ni lejano. Lo que ocurre en grandes centros urbanos encuentra eco inmediato en comunidades más pequeñas. La viralidad no distingue territorio, pero sí encuentra terreno fértil en contextos de incertidumbre y fragilidad emocional.

En ese sentido, la hipótesis de un “reto viral” es insuficiente. Funciona como vehículo, no como causa. Lo que se pone en evidencia es una ruptura en los lazos sociales básicos: la autoridad, el respeto por el otro, el valor de lo común. Y en ese quiebre, la escuela aparece como blanco simbólico.

Durante décadas, la escuela fue un espacio de transmisión de conocimientos, de construcción de ciudadanía y de proyección a futuro. Pero en los últimos años —y con especial intensidad desde la pandemia de COVID-19— su función se expandió hasta límites difíciles de sostener. Hoy, además de enseñar, la escuela alimenta, contiene, escucha, acompaña y muchas veces reemplaza lo que falta en otros ámbitos.

Docentes y equipos directivos se enfrentan cotidianamente a problemáticas de salud mental, situaciones de violencia intrafamiliar, abandono, consumo problemático y una creciente desarticulación de las estructuras familiares tradicionales. En ese escenario, el tiempo y la energía destinados a lo pedagógico se reducen, mientras crece la demanda social sobre la institución.

En medio de amenazas que circulan con liviandad y miedo que se instala con rapidez, la pregunta se vuelve inevitable: ¿quién protege hoy a los docentes y a las autoridades educativas? Son ellos quienes ponen el cuerpo todos los días, quienes sostienen la calma cuando el entorno se desordena, quienes contienen angustias que no generaron y enfrentan violencias que exceden su rol.

Sin embargo, quedan expuestos, muchas veces sin respaldo real. En esta escena, el sistema parece haber naturalizado que la escuela resista todo, pero olvida que quienes la sostienen también se desgastan, se angustian y necesitan ser cuidados. Porque cuando el docente queda solo, no solo se debilita una institución: se resquebraja uno de los últimos vínculos de confianza que le quedan a la sociedad.

La escuela se convirtió en un amortiguador. Pero todo amortiguador tiene un límite.

Las amenazas, entonces, no solo generan miedo: interpelan. ¿Quién protege hoy a quienes sostienen el sistema educativo? ¿Qué respaldo real tienen docentes y autoridades frente a situaciones que exceden lo escolar? ¿Dónde están los dispositivos estatales y comunitarios que deberían acompañar?

Cuando aparecen mensajes que llaman a “no ir a la escuela” o advierten sobre posibles ataques, no solo se busca generar pánico. También se erosiona la confianza en el espacio educativo. Se ataca, en definitiva, uno de los últimos ámbitos donde todavía es posible construir algo colectivo.

No es casual que esto ocurra en un contexto donde la violencia simbólica y real se ha naturalizado, donde las redes amplifican sin filtro y donde los adolescentes muchas veces encuentran más reconocimiento en lo disruptivo que en lo constructivo.

Frente a esto, la respuesta no puede ser únicamente policial o judicial. Es necesario reconstruir el entramado social que sostiene a la escuela: fortalecer a las familias, generar redes de contención, invertir en salud mental y, sobre todo, devolverle a la educación su centralidad pedagógica sin dejarla sola frente a lo que la desborda.

Porque si la escuela cae como referencia, lo que queda no es vacío: es intemperie.

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