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14 de Abril de 2026
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14 de abril de 2026
Radicada en sus últimos años en la región, la investigadora construyó una trayectoria de excelencia internacional en ecofisiología de cultivos y dejó aportes clave para una agricultura más eficiente y sostenible.
En Villa Ramallo, lejos de los grandes centros académicos del mundo que supo recorrer, María Elena Otegui encontró en sus últimos años un espacio de equilibrio personal sin abandonar nunca la intensidad de su pensamiento científico. Desde allí, continuó siendo una referencia global en el estudio del maíz y en la ecofisiología de cultivos, disciplina que ayudó a consolidar en la Argentina.
Su nombre quedó asociado a una forma rigurosa pero a la vez innovadora de entender los sistemas productivos. Ingeniera agrónoma formada en la Universidad de Buenos Aires, doctora en Francia y con experiencia en Estados Unidos, Otegui construyó una mirada comparativa que integró ambientes, climas y modelos productivos diversos. Esa perspectiva le permitió generar conocimiento aplicado, con impacto directo en el manejo de cultivos extensivos.
Especialista en ecofisiología, centró gran parte de su trabajo en comprender cómo interactúan los cultivos con su entorno: desde la captura de radiación hasta la formación de rendimiento, pasando por el uso eficiente del agua y los nutrientes. En ese campo, sus investigaciones sobre maíz marcaron un antes y un después, particularmente en el análisis de los determinantes del rendimiento y la estabilidad productiva.
Uno de sus aportes más relevantes fue su participación en el desarrollo y validación del maíz tardío en la región pampeana. Esta estrategia permitió mitigar riesgos climáticos, mejorar la eficiencia en el uso de recursos y sostener los niveles de producción en contextos cada vez más variables. Su trabajo no solo fue académico, sino también profundamente vinculado con las necesidades del sector agropecuario.
Con más de cien publicaciones científicas en revistas internacionales y una extensa producción técnica, Otegui dejó una huella sólida en la comunidad científica. Su rol como docente e investigadora en la Facultad de Agronomía de la UBA y en el CONICET la convirtió además en formadora de generaciones, transmitiendo una manera de hacer ciencia basada en la curiosidad, el pensamiento crítico y el compromiso con la producción.
En 2025 había sido distinguida con el Testimonio Clarín Rural a la Trayectoria Académica, reconocimiento que sintetizó décadas de trabajo sostenido y aportes concretos al desarrollo agronómico.
Sin embargo, más allá de los premios y los papers, quienes la conocieron destacan su capacidad para tender puentes entre la ciencia y la producción, entre la teoría y el campo. En Villa Ramallo, donde eligió vivir junto a su familia, esa combinación encontró una síntesis: la de una investigadora de proyección internacional con raíces en el territorio.
Su fallecimiento deja un vacío profundo, pero también un legado que trasciende geografías. En cada avance sobre el cultivo de maíz, en cada modelo que busca optimizar rendimientos o reducir riesgos, persiste la impronta de una científica que hizo del conocimiento una herramienta para transformar la realidad productiva.