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23 de octubre de 2026

Silvia Canepa, 40 años entre plantas y jardines: una historia de esfuerzo, confianza y amor por la naturaleza

Se quedó sin casa ni trabajo, con dos hijas pequeñas, y encontró en las plantas una oportunidad para salir adelante. Cuatro décadas después, vive de su pasión, trabaja en distintas localidades de la región y construyó un vínculo de confianza con sus clientes. En diálogo con Radio Ramallo, recordó sus comienzos, agradeció a quienes la ayudaron y contó qué la llevó a viajar hasta Esquel para conocer los famosos campos de tulipanes.

Hay historias que empiezan en un momento difícil y, con el paso del tiempo, se transforman en ejemplos de esfuerzo, perseverancia y amor por lo que uno hace. La de Silvia Canepa está ligada a la tierra, las plantas y los jardines, pero también a la posibilidad de volver a empezar cuando las circunstancias parecen complicarlo todo.

Hace 40 años que Silvia vive de su trabajo en jardinería y paisajismo. Detrás de cada cantero, cada árbol y cada espacio verde que lleva su impronta, hay una historia personal que comenzó cuando tenía dos hijas pequeñas, no contaba con una casa ni tenía trabajo.

En una entrevista con Radio Ramallo, repasó ese recorrido con la emoción de quien reconoce lo que costó llegar hasta acá y, sobre todo, recuerda a las personas que le tendieron una mano cuando más lo necesitaba.

Una oportunidad que cambió su vida

Silvia se había casado en 1979 y se separó en 1982. En ese momento, la situación era difícil: tenía dos hijas chicas, no tenía casa y necesitaba encontrar una manera de salir adelante.

Fue entonces cuando aparecieron dos personas fundamentales en su historia: el doctor Drake y Rodolfo Mozzi, conocido como Toto, quienes le abrieron una puerta laboral en un vivero.

“Yo no tenía casa, no tenía trabajo y tenía dos hijas chicas”, recordó al reconstruir aquellos años.

La oportunidad llegó con una pregunta sencilla que terminaría cambiando su camino. Le ofrecieron trabajar en el vivero y ella aceptó. Allí comenzó a aprender sobre las plantas, sus cuidados y sus necesidades. Con el tiempo, cuando quienes estaban al frente del lugar ya no podían atenderlo, le propusieron que se hiciera cargo.

“Y ahí empecé a aprender, a aprender”, contó sobre aquellos primeros pasos.

A partir de esa experiencia, Silvia fue encontrando su lugar en el mundo laboral. Primero trabajó en el vivero y después decidió dedicarse de lleno a las plantas. Sus comienzos fueron modestos: recuerda que su primer trabajo de jardinería lo hizo sola y llegó en bicicleta.

“Yo sola en bicicleta”, rememoró.

Después vinieron nuevos clientes, más trabajo, empleados y una actividad que fue creciendo con los años. Su oficio la llevó a trabajar en Ramallo, San Nicolás, Rosario, Funes, Casilda y Pérez Millán, donde mantiene relaciones con familias a las que conoce desde hace décadas.

Mucho más que cortar el pasto

Para Silvia, la jardinería no consiste solamente en mantener un jardín prolijo. Se trata de conocer las plantas, entender qué necesita cada espacio y saber cómo acompañar su crecimiento.

“Yo hace 40 años que vivo de mi trabajo”, afirmó. Y enseguida explicó una de las razones por las que pudo sostener su actividad durante tanto tiempo: la confianza de sus clientes.

En muchos casos, llega a una vivienda cuando sus propietarios no están. Trabaja, deja todo en condiciones y se retira. Esa confianza, construida durante años, es uno de los aspectos que más valora de su recorrido.

“Cuando yo recibo los mensajes de mis clientes, me siento más que agradecida”, expresó.

También explicó que su manera de trabajar no está guiada por la intención de vender más, sino por la de hacer lo que realmente necesita cada jardín. Si un espacio requiere diez plantas, no recomienda cincuenta.

“Yo te puedo decir: ¿van 50 plantas? No, yo te pongo 10 porque van a crecer”, contó.

Esa forma de entender el oficio habla de una relación que va más allá de lo comercial. Silvia conoce los jardines que cuida, recuerda cómo eran cuando comenzó a trabajar en ellos y disfruta de volver para ver cómo crecieron los árboles y las plantas que alguna vez colocó.

Hay trabajos que, después de muchos años, siguen hablando por quien los hizo. Para ella, esa es una de las mayores satisfacciones: mirar un jardín y reconocer allí una parte de su propia historia.

También hay familias que forman parte de la historia laboral y afectiva de Silvia. Entre ellas, destacó a la familia Arraña, a quienes conoce desde hace muchos años y con quienes mantiene un vínculo que va más allá del trabajo.

Al recordar a sus clientes/amigos de larga trayectoria, mencionó a Patricio, Matías, Emilia y Melina, como parte de esos lazos que fue construyendo a lo largo de cuatro décadas entre jardines y plantas.

Para Silvia, volver a esos lugares y ver cómo crecieron los espacios verdes que cuidó es una de las grandes satisfacciones de su oficio: la huella de su trabajo permanece en el tiempo, junto con la confianza y el cariño de quienes la acompañan desde hace tantos años.

El viaje detrás de los tulipanes

Su pasión por la naturaleza también la llevó a viajar hasta Esquel y Trevelin, en Chubut, para conocer los campos de tulipanes que cada primavera se convierten en una de las postales más reconocidas de la Patagonia.

El viaje tenía un interés especial para alguien que dedicó buena parte de su vida a las plantas. Quería conocer de cerca una producción que combina el trabajo con la naturaleza y que, además, se transformó en un atractivo turístico.

Silvia explicó que el establecimiento que visitó cuenta con cuatro hectáreas y alrededor de cuatro millones de bulbos, distribuidos en 42 variedades de distintos colores. La floración comienza en octubre y se extiende aproximadamente hasta los primeros días de noviembre.

El cultivo tiene características particulares y depende de las condiciones climáticas de la región. Por eso, aclaró que no es una experiencia que pueda trasladarse de la misma manera a Ramallo.

“Es una maravilla”, describió al recordar el paisaje de los tulipanes con la cordillera nevada como fondo.

Sin embargo, el viaje no se limitó a las flores. También recorrió el Parque Nacional Los Alerces y quedó impactada por los paisajes, el agua y la vegetación de la zona.

“A mí, yo amo la naturaleza”, resumió.

Su interés por el cuidado de los espacios verdes también la lleva a plantear preocupaciones sobre las intervenciones que se realizan en los árboles. Durante la entrevista cuestionó las podas que considera inadecuadas y advirtió sobre las consecuencias que pueden tener para las plantas.

“Como el árbol no se defiende, con el árbol se mete cualquiera”, sostuvo, al reclamar mayor conocimiento y responsabilidad en las tareas de mantenimiento del arbolado.

La gratitud como forma de vida

Hay una palabra que Silvia lleva tatuada y que, según explicó, resume buena parte de su manera de mirar la vida: “gracias”.

No se trata de una palabra elegida al azar. Para ella, representa el agradecimiento por la naturaleza, por las personas que la ayudaron, por sus clientes y por la posibilidad de haber construido una vida a partir de una actividad que disfruta.

“Estoy eternamente agradecida al doctor Drake y a Mozzi, que fueron los que me empujaron un poco a esto”, expresó.

En su relato, aquellos primeros gestos de ayuda siguen ocupando un lugar central. No olvida que, cuando no tenía trabajo y debía sostener a sus hijas, alguien le ofreció una oportunidad para aprender y empezar de nuevo.

Esa gratitud convive con el orgullo por el camino recorrido. Silvia habla de su trabajo con pasión, pero también con la seguridad de quien aprendió a fuerza de experiencia y dedicación.

“Soy una persona feliz porque puedo vivir de lo que hago y de lo que hago me apasiona”, dijo durante la entrevista.

Su historia no está hecha de grandes golpes de suerte, sino de años de trabajo, aprendizaje y relaciones que se sostuvieron en el tiempo. Desde aquel primer recorrido en bicicleta hasta los jardines que hoy sigue cuidando, cada etapa fue construyendo una trayectoria propia.

Al final, su mensaje es sencillo y cercano. No promete que el camino sea fácil, pero sí reivindica el valor de comprometerse con aquello que a uno le gusta y hacerlo con responsabilidad.

“Si vos tenés ganas de salir adelante y ponés entusiasmo en lo que hacés, ya se puede”, afirmó.

Después de cuatro décadas entre plantas y jardines, Silvia Canepa sigue encontrando en la naturaleza mucho más que un trabajo: una pasión, una manera de vivir y una historia que continúa creciendo.

Porque, como dejó claro en la charla con Radio Ramallo, vivir de lo que a uno le gusta es una de las grandes satisfacciones de la vida.

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