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23 de octubre de 2026
El protagonista del filme realizado por el grupo Metrópolis evocó cómo un grupo de estudiantes decidió llevar al cine una problemática que en los años 80 todavía era tabú. Años después, Fernando también convirtió aquella experiencia en un libro que lleva el mismo nombre y hoy busca recuperar su vínculo con la escritura y la poesía.
A 38 años de su estreno, Torpe Primavera vuelve a ocupar un lugar en la memoria cultural de Ramallo. La película, realizada por el grupo Metrópolis y estrenada el 22 de octubre de 1988 en la sala del Cine Teatro Libertador, fue mucho más que una producción audiovisual independiente: representó el entusiasmo de un grupo de jóvenes que, en plena recuperación democrática, decidió contar una historia vinculada con el consumo de drogas y una problemática que por entonces generaba pocos espacios de debate.
Fernando Vergara, quien tenía alrededor de 17 años cuando comenzó el proyecto y fue el protagonista de la película, recordó aquella experiencia en diálogo con Radio Ramallo desde Rancagua, Chile. La fecha lo encontró mirando hacia sus raíces, hacia los amigos y compañeros que compartieron aquella aventura y hacia un espacio cultural que dejó una marca profunda en su vida.
“Una alegría inmensa de poder estar esta mañana muy cerca de la gente de Ramallo en este día tan especial para mí y para muchos de los que fuimos parte del grupo Metrópolis”, expresó.
Para comprender la historia de Torpe Primavera, hay que regresar a la década del 80 y a la esquina de Irigoyen y Bonfiglio, frente al paso a nivel del ferrocarril. Allí funcionaba el espacio donde el grupo Metrópolis desarrollaba una intensa actividad cultural que excedía ampliamente la producción cinematográfica.
En ese lugar se dictaban clases de guitarra, se realizaban ensayos teatrales, se organizaban encuentros vinculados con el cine y también se impulsaban otras expresiones artísticas. Según recordó Vergara, allí tuvo sus comienzos el Coro de Ramallo, dirigido por Tati Zandalazini.
Metrópolis se había convertido en un punto de encuentro para jóvenes inquietos, interesados en explorar distintos lenguajes artísticos en un momento histórico particular: el regreso de la democracia después de años de dictadura.
“Era un grupo que realmente tenía muchas actividades culturales, en una época difícil, porque volvíamos a la democracia después de muchos años de dictadura”, señaló.
En ese contexto, un grupo de estudiantes secundarios se acercó a Metrópolis con una propuesta que parecía ambiciosa para los recursos disponibles: hacer una película propia.
El proyecto comenzó en 1985 y demandó tres años de trabajo hasta llegar a su estreno. La película se filmó en Super 8, un formato que implicaba costos importantes para un grupo de jóvenes que debía conseguir los recursos para comprar los rollos y continuar con las grabaciones.
La inflación de aquellos años complicó todavía más el proceso. Para reunir dinero, los integrantes organizaban rifas y otras actividades, mientras esperaban contar con material suficiente para volver a filmar.
“Batata decía: tenemos que parar la película porque no hay más rollos”, recordó Vergara al describir las dificultades de una producción que avanzaba de acuerdo con las posibilidades económicas del grupo.
Los rollos se compraban en Rosario y Germán Ramaciotti colaboraba con su traslado. Cada interrupción obligaba a volver a reunir fondos y organizarse para retomar el rodaje.
El paso del tiempo también dejó sus marcas en la pantalla. Como las escenas se filmaban según las locaciones y no necesariamente en orden cronológico, Fernando atravesó parte de su adolescencia durante la producción. Por eso, en algunos momentos aparece con una contextura física diferente a la de otras escenas.
Sin embargo, para el protagonista, esas particularidades forman parte de una experiencia cuyo valor va mucho más allá del resultado cinematográfico.
“Más allá de la calidad de la película, yo creo que el proyecto en sí fue algo realmente inspirador y motivador, porque salió de nosotros”, sostuvo.
La idea de realizar Torpe Primavera nació entre estudiantes secundarios a partir de una experiencia que los movilizó profundamente: el recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la discoteca Sobredosis, en Villa Ramallo.
Vergara recordó el movimiento de personas que llegaron en tren desde Rosario y Buenos Aires y la presencia de una cultura juvenil diferente de la que predominaba en la localidad. Aquella noche dejó una huella en los estudiantes y los llevó a preguntarse qué podían hacer frente a una realidad que los interpelaba.
En ese grupo surgió una frase que, casi cuatro décadas después, Fernando todavía conserva como una enseñanza personal. Según relató, fue Mauri Claverol quien planteó la necesidad de actuar: “Algo tenemos que hacer”.
De esa inquietud surgió la decisión de hacer una película y buscar el acompañamiento de Metrópolis.
La historia abordó el consumo de drogas, un tema que en aquella época todavía era tabú y que los jóvenes decidieron poner en discusión a través del lenguaje audiovisual.
Para Vergara, el proyecto también debe entenderse dentro de una etapa política y social compleja, en la que la democracia argentina todavía atravesaba momentos de fragilidad. Animarse a producir una obra propia desde una localidad del interior exigía compromiso, organización y una importante cuota de valentía.
Años después de aquella experiencia cinematográfica, Fernando Vergara volvió sobre esa historia desde otro lugar: la literatura. Escribió Torpe Primavera, un libro basado en la película que recupera la experiencia compartida por aquel grupo de jóvenes y suma elementos de ficción para enriquecer el relato.
“Es un libro que, a diferencia de los demás, es un libro basado en una película; siempre son las películas basadas en libros”, explicó.
En sus páginas, Vergara reconstruye aquella etapa de su vida, el encuentro con Metrópolis y el recorrido que llevó a un grupo de estudiantes a concretar una producción que parecía difícil de realizar con los recursos de entonces.
El libro se convirtió así en una manera de preservar una memoria colectiva y transmitir a nuevas generaciones cómo se hacían proyectos culturales cuando la tecnología no ofrecía las facilidades actuales.
“Hoy uno dice vamos a hacer una película, y uno hasta desde un teléfono puede hacer una película o hacer un video”, reflexionó. En contraste, recordó las rifas, la compra de los rollos y las pausas obligadas que marcaron el rodaje.
Aquella experiencia, aseguró, lo marcó profundamente y le dejó una enseñanza que todavía aplica cuando debe afrontar una dificultad: “Cuando me la veo difícil y cuando hay un problema digo: algo tenemos que hacer”.
Aunque Fernando Vergara es identificado por su vínculo con el deporte y, especialmente, con el fútbol, su relato dejó en claro que el arte siempre formó parte de su historia personal. En Metrópolis participó del coro, tomó clases de guitarra y descubrió músicos como Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez, que influyeron en su sensibilidad artística.
Hoy, a los 55 años, busca recuperar ese vínculo con la cultura. Contó que dedica las primeras horas de la mañana a escribir, leer y conectarse especialmente con la poesía.
Además, anticipó que prepara la publicación de Poesía entre paréntesis, su primer libro de poemas, que saldrá a través de una editorial de Valparaíso, Chile.
“Quiero recuperar mi esencia, quiero conectarme con eso”, expresó al hablar de esta nueva etapa, en la que pretende darle mayor espacio a una vocación que lo acompaña desde su juventud.
A 38 años de aquel estreno, Torpe Primavera permanece como testimonio de una época en la que un grupo de jóvenes de Ramallo se animó a transformar una inquietud en una película. La historia continuó después en las páginas de un libro y, ahora, en el recuerdo de sus protagonistas.
Para Fernando Vergara, la enseñanza sigue vigente: frente a las dificultades, siempre hay algo por hacer. Y, a veces, una idea nacida en un aula secundaria puede convertirse en una obra capaz de atravesar generaciones.
Aunque hoy Fernando está identificado con el fútbol, su historia personal también está atravesada por el arte, la música y la literatura. Actualmente trabaja como entrenador del fútbol juvenil de O’Higgins, en Chile, una tarea a la que suma otra pasión que busca recuperar cada día: la escritura.
A los 55 años, dedica parte de sus mañanas a leer, escribir y reencontrarse con esa faceta artística que nació durante su juventud en Ramallo, cuando formaba parte del grupo Metrópolis. “De 7 a 9 de la mañana me pongo a escribir, ese es mi momento personal que disfruto mucho”, contó durante la entrevista con Radio Ramallo.
Ese camino tendrá próximamente un nuevo capítulo con la publicación de Poesía entre paréntesis, su primer libro de poemas, que será editado en Valparaíso, Chile.
Se trata de un proyecto que representa mucho más que una nueva publicación: es también una manera de volver a conectarse con una parte de sí mismo que, aunque durante años quedó detrás de su trayectoria en el fútbol. En ese regreso a la escritura también hay lugar para los afectos y los recuerdos que marcaron su vida.
Durante la entrevista, Fernando recordó especialmente a Verónica, su esposa, con quien comparte una historia que comenzó hace 38 años, la misma noche del estreno de Torpe Primavera.
Con emoción, contó que aquel 22 de octubre de 1988 fue también el día en que Verónica le dijo que sí. Después de encontrarse en la discoteca Sobredosis, caminaron juntos por el pueblo y pasaron frente al Cine Teatro Libertador, donde la cartelera anunciaba la película que él protagonizaba. Una escena que quedó grabada en su memoria y que, según reconoció entre risas, también lo ayudó a conquistarla definitivamente.
A 38 años de aquella película, Fernando sigue construyendo historias, aunque ahora busca hacerlo desde las palabras. Entre el fútbol juvenil de O’Higgins, en Chile, los recuerdos de Ramallo y la próxima publicación de su primer libro de poesía, vuelve a acercarse a aquella sensibilidad artística que nació en Metrópolis y que nunca dejó de acompañarlo.
Porque Torpe Primavera no fue solamente una película: fue el comienzo de una historia que todavía continúa, entre la memoria, los afectos y el deseo de seguir creando.