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19 de octubre de 2026
El kinesiólogo contó cómo se prepara para correr 42 kilómetros, por qué lloró a dos de la meta y qué desafíos tiene por delante, con un Ironman a pocos días.
Martín Domenech, volvió a competir en la Maratón de Chicago, una carrera que ya conoce, y contó cómo vivió la experiencia en una entrevista en Radio Ramallo. Más que un relato de la competencia, fue un repaso por la trastienda: el entrenamiento, la cabeza y lo que significa cruzar una llegada después de tantos kilómetros.
“Lo que tiene la maratón es que tenés revancha cada cuatro meses”, explicó. A diferencia de otros deportes, donde la revancha llega cada semana, aquí todo es a largo plazo y requiere paciencia. Para él, eso también permite entrenar la cabeza. Y destacó el costado humano del viaje: en Chicago compartió departamento con un canadiense, un alemán, un español y un chileno. “Aprendés un montón de cosas”, dijo.
Carreras rápidas, entrenamiento de ritmo
Según detalló, las maratones del exterior se diferencian de las locales en el tipo de preparación. Son carreras rápidas, pensadas para romper récords o marcas personales, por lo que se entrena sobre todo el ritmo, para sostenerlo durante los 42 kilómetros y evitar llegar al “muro” demasiado pronto.
En Villa Ramallo, contó, el playón ofrece una superficie parecida y rápida para entrenar. Eso se complementa con trabajo de fuerza muscular, en el gimnasio y en el consultorio, y con prevención de lesiones, un aspecto que, según remarcó, hoy se trabaja mucho más que antes. “Es un deporte muy repetitivo durante mucho tiempo, hay que cuidar bien el cuerpo”, subrayó.
Cuatro meses y mucha paciencia
Sobre la planificación, Domenech indicó que lo ideal para el cuerpo son dos maratones por año, aunque hay quienes corren tres o cuatro. Cada preparación lleva cerca de cuatro meses. Insistió en ir paso a paso: empezar con carreras de 5 y 10 kilómetros, pasar luego a los 21 y, antes de debutar en la maratón, completar tres medias maratones. Quien salta de golpe a los 42, advirtió, sufre un desgaste muy fuerte. En cuanto a la edad, aseguró que no es un impedimento si hay buena preparación muscular y física.
Hasta el 30, el cuerpo; después, la cabeza
Para explicar el peso de lo mental, Domenech usó una división simple: hasta el kilómetro 30 la carrera es física, y de ahí hasta el 42 es mental. “Ahí hacés un acuerdo con tu cuerpo: dejame llegar, después te pasará la factura”, describió.
Él mismo entrena esa parte. Medita diez minutos todos los días y, durante los últimos tres días antes de cada carrera, repasa mentalmente lo que puede salir bien y mal, y en qué tramo puede aparecer el muro. Antes le llegaba entre los kilómetros 30 y 32, con calambres; ahora le aparece en el 38 o 39. También trabaja con psicólogos, que le comparan la maratón con la vida: se sale rápido y con mucha energía, luego se trata de mantener y, al final, se llega con lo que queda.
Lágrimas en la meta
Domenech contó que la llegada es muy emocional: según dijo, el 90% de quienes cruzan la meta se larga a llorar. A él le pasó en esta edición, cuando faltaban dos kilómetros y sabía que llegaba. “Una cosa que nunca me pasó en mi vida”, confesó. Apenas terminó, llamó a su familia y volvió a llorar. Después, se tranquilizó.
Sobre el paisaje, admitió que lo disfruta poco, porque la concentración y el aliento constante de la gente, con gritos y campanitas durante todo el recorrido, no dejan espacio para distraerse. Aun así, recordó el paso por el barrio chino y por otro de comunidad latina. Ya fuera de la carrera, recorrió la ciudad y la describió como moderna, limpia y con una oferta enorme de deporte, teatro y museos.
Lo que viene
La agenda no se detiene. El 30 de octubre tiene un Ironman y después aparece Valencia, en diciembre. El año próximo ya tiene el calendario armado: un Ironman 70.3 en Punta del Este y las maratones de Río de Janeiro y Berlín.
Al cierre, Domenech dijo que lo que más le gusta es transmitir que “se puede correr” y contagiar energía a quienes quieran empezar. “Es disfrutar, aprender, poder inspirar a la gente”, resumió.