Domingo
16 de Agosto de 2026
POLITICA
16 de agosto de 2026
El intendente de Ramallo dejó en el plenario del MDF una definición que excede la discusión local: el interior quiere tener un lugar en la fórmula bonaerense. Pero detrás de ese reclamo hay una construcción política más ambiciosa, alineada con Axel Kicillof y con la mirada puesta en una elección que puede devolverle a Ramallo protagonismo provincial.
Hay momentos en la política en los que un escenario deja de ser solamente el lugar donde ocurre una reunión y pasa a convertirse en una señal.
El Galpón del Puerto Ramallo fue este sábado mucho más que el lugar elegido para un plenario del Movimiento Derecho al Futuro. Por unas horas, Ramallo se transformó en una mesa de discusión del peronismo bonaerense. Llegaron dirigentes de la Segunda Sección, intendentes, funcionarios provinciales y figuras que tienen peso propio en la construcción que mira hacia 2027.
Y en ese escenario, Mauro Poletti hizo algo que conoce bien: hacer política.
Porque si hay algo que define al intendente de Ramallo es justamente eso. La política como oficio, como construcción, como pelea electoral. La conoce cuando la cancha está inclinada y también cuando las condiciones son favorables. La conoce desde la derrota y desde la victoria.
Por eso, cuando Poletti dice que “necesitamos la fórmula de gobernador” y plantea que al menos la vicepresidencia de esa fórmula debe representar al interior, no está hablando solamente de una candidatura.
Está hablando de poder.
Está hablando de representación.
Y está hablando de quién tendrá la lapicera cuando llegue el momento de definir.
Poletti fue claro durante el encuentro: el interior no puede ser solamente el territorio al que se llega para pedir votos cuando llega una elección.
“Necesitamos la fórmula de gobernador. ¿Por qué? Porque la fórmula de gobernador es de la gente del interior de la provincia de Buenos Aires”, sostuvo.
La definición tiene una lectura inevitable dentro de un peronismo que ya comenzó a mirar hacia 2027 y en el que aparecen nombres, aspiraciones y movimientos.
En Ramallo estuvieron Carlos Bianco, Gabriel Katopodis, Julio Alak, Fernando Espinoza, Walter Correa y Jorge Ferraresi, además de representantes de una extensa lista de municipios de la Segunda Sección.
Es decir: no era una reunión menor.
Y tampoco fue menor el mensaje.
Poletti está diciendo que el interior quiere ser parte de la discusión provincial. No solamente para acompañar una fórmula, sino para integrarla.
La discusión tiene además un componente económico. El intendente volvió a plantear la necesidad de revisar el esquema de distribución de recursos y cuestionó que los municipios del interior queden relegados frente a criterios que, según su mirada, no contemplan suficientemente el aporte productivo de cada distrito.
La lógica es sencilla: si Buenos Aires reclama ante Nación una distribución más justa porque es la provincia que más aporta, el interior bonaerense también puede reclamar dentro de Buenos Aires.
Es una discusión incómoda.
Y justamente por eso es política.
Poletti es, dentro del mapa de intendentes bonaerenses, uno de los dirigentes que más claramente decidió jugar detrás de Axel Kicillof.
El gobernador viene construyendo el MDF con una mirada que ya excede la provincia. En las últimas semanas volvió a hablar de construir una alternativa nacional y de ampliar el espacio más allá del peronismo tradicional.
El desafío para Kicillof es enorme.
No alcanza con ganar una interna del peronismo. No alcanza con ordenar a los intendentes. No alcanza con reunir a los sectores que hoy enfrentan a Javier Milei.
Hay que volver a construir una mayoría.
Y ahí aparece el problema que quizás sea el más difícil de todos: los jóvenes.
Milei no llegó a la Presidencia solamente por el voto de los sectores desencantados con el peronismo. También logró algo que durante años parecía muy difícil: conectar con una generación que, en buena parte, no tenía una identificación política tradicional.
Los menores de 30 años fueron decisivos en 2023.
Y ahí está uno de los principales interrogantes para el peronismo que pretende volver al poder en 2027.
¿Dónde están esos jóvenes hoy?
¿Siguen convencidos de Milei?
¿Se desencantaron?
¿Están esperando otra propuesta?
¿O directamente dejaron de mirar a la política tradicional?
Esa respuesta puede ser mucho más importante que cualquier interna entre dirigentes.
Porque el problema del peronismo no es solamente decidir si Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Massa o Axel Kicillof tendrán mayor o menor peso en la próxima construcción.
El verdadero desafío es construir una propuesta que vuelva a entusiasmar a quienes no tienen una relación emocional con las viejas estructuras políticas.
Y Kicillof parece entenderlo. En sus propios plenarios viene insistiendo con la necesidad de construir una alternativa “sin sectarismos”, hablar con quienes piensan diferente y salir a buscar a los decepcionados.
Ese es el camino que también deberá transitar Poletti.
La política argentina tiene otra particularidad: ninguna discusión puede darse por cerrada demasiado pronto.
Cristina sigue siendo una referencia central del peronismo, aun cuando su situación judicial condiciona cualquier escenario electoral. Sergio Massa conserva un espacio propio y el Frente Renovador continúa siendo un actor que puede resultar necesario en una eventual construcción amplia.
Y Kicillof intenta consolidar una identidad propia.
El gobernador no solamente busca ordenar el peronismo bonaerense. Su espacio trabaja para construir una alternativa de alcance nacional.
En ese tablero, Poletti juega una carta clara.
No parece dispuesto a esperar que alguien venga a decirle qué hacer con Ramallo.
Está intentando que Ramallo sea parte de la discusión.
Hay una imagen que quienes conocen la política de Ramallo recuerdan.
Durante años, en un espacio de la política local, el concejo deliberante, hubo un dibujo de un tanque de guerra con el rostro de Poletti, realizado por el arquitecto Pablo Ribe. Era una representación casi gráfica de una manera de hacer política: avanzar, resistir, pelear.
Al lado, también quedaron nombres y símbolos de otras etapas de la política local.
Hoy la escena cambió.
Aquel dirigente que alguna vez discutía la política desde el Concejo Deliberante de Ramallo ahora comparte una mesa con ministros bonaerenses, intendentes del Conurbano y dirigentes que piensan en la sucesión provincial y en la elección presidencial.
Decir que Ramallo le queda chico a Poletti puede sonar exagerado.
Pero ya no resulta tan sencillo decir que la discusión de Poletti es solamente Ramallo.
Para el intendente, 2027 puede ser una elección bisagra.
Alguien podrá decir que todas las elecciones son bisagra. Es cierto.
Pero algunas tienen la capacidad de modificar el lugar que ocupa una ciudad en el mapa político.
Ramallo ya tuvo dirigentes que llegaron a espacios de relevancia provincial. El recuerdo de “Balito” Roma y, posteriormente, de Alejandro Ballester forma parte de esa historia.
Poletti parece buscar ese camino, pero con una diferencia: la construcción es propia.
Lo hizo en Ramallo a partir de una lógica que, en buena medida, intentó ampliar las fronteras tradicionales del peronismo. El oficialismo municipal construyó una identidad vecinal donde convivieron peronistas, radicales independientes y dirigentes provenientes de distintos espacios.
Ese modelo puede ser una de las claves de lo que viene.
Porque si el desafío es recuperar el poder nacional, quizás la respuesta no esté en volver exactamente al lugar desde donde se perdió.
En política, las victorias no garantizan las próximas victorias.
Y las derrotas tampoco condenan para siempre.
Poletti lo sabe.
Sabe lo que es perder elecciones. Sabe lo que es ganarlas. Sabe lo que significa competir con la cancha inclinada y sabe también lo que implica jugar cuando las condiciones son favorables.
Hoy está en otro lugar.
La gestión de Ramallo es una parte de su agenda. La construcción provincial es otra. Y la alineación con Kicillof abre una puerta todavía más grande: la discusión nacional.
Pero para atravesarla necesitará algo más que estructura política.
Necesitará convencer.
Necesitará jóvenes.
Necesitará sectores que hoy no se sienten representados por el peronismo.
Necesitará radicales, independientes y desencantados.
Necesitará, en definitiva, hacer aquello que Kicillof viene reclamando para su propio espacio: salir de la interna, ampliar y volver a hablarle a la sociedad.
La política argentina entró demasiado temprano en modo 2027.
Milei ya trabaja sobre su horizonte de reelección y el peronismo intenta reorganizarse frente a ese escenario.
En la Provincia, la discusión es todavía más compleja: hay que definir sucesiones, fórmulas, liderazgos y un nuevo equilibrio entre el Conurbano y el interior.
En ese tablero, Mauro Poletti decidió no mirar desde la tribuna.
El plenario de Ramallo fue una señal.
Su pedido para que el interior tenga un lugar en la fórmula provincial fue otra.
Y su construcción política, probablemente, sea la parte más importante de todas.
Ahora quedan muchos párrafos por escribir.
Poletti lo sabe.
Sabe también que una candidatura no se hereda: se construye.
Y que si Ramallo quiere volver a tener protagonismo en la Provincia, no alcanzará con tener un intendente sentado en una mesa.
Habrá que convencer a una sociedad que cambió.
Y, especialmente, a esa generación de menores de 30 que en 2023 encontró en Milei una respuesta que el peronismo no supo darle.
Ahí está la verdadera batalla.
La elección todavía está lejos, pero la construcción ya empezó. Y esta vez, Ramallo decidió no mirar desde afuera.