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25 de julio de 2026
Ante la posibilidad de que el histórico edificio salga definitivamente a la venta, Norberto "Milachi" Gaeto reconstruyó, en diálogo con la Radio Ramallo, la historia del Cine Gardel. Con anécdotas, nombres propios y recuerdos personales, evocó una sala que durante más de siete décadas fue mucho más que un cine: fue un punto de encuentro para generaciones de ramallenses y un símbolo de la vida cultural de la ciudad.
Hay edificios que trascienden el ladrillo. Lugares que conservan, entre sus paredes, la memoria de un pueblo. El antiguo Cine Gardel de Ramallo es uno de ellos. Hoy, mientras un cartel anuncia su posible venta, vuelve a abrirse una pregunta que atraviesa a buena parte de la comunidad: ¿qué destino tendrá uno de los espacios culturales más emblemáticos de la ciudad?
Quien mejor conoce esa historia es Norberto "Milachi" Gaeto. No sólo porque investigó durante años los orígenes del cine, sino porque vivió literalmente frente a él durante más de dos décadas. Su relato es el de alguien que no habla desde los libros, sino desde los recuerdos.
"Yo tengo los mejores recuerdos. Viví enfrente más de veinte años y conozco un poco la historia."
Según explicó, la historia del Cine Gardel comenzó mucho antes de que existiera el edificio. Su origen está ligado a cuatro familias profundamente vinculadas al desarrollo de Ramallo: Hainez, Colaretti, Gaetto y Aroza, protagonistas de una época en la que el cine llegaba incluso a los campos mediante un pequeño proyector alimentado por un generador montado en un vehículo.
La sala fue inaugurada en 1955, construida por una empresa familiar y concebida como el único cine del partido de Ramallo. Desde entonces se convirtió en el gran escenario de la vida social de la ciudad.
"Todo giró en base a esas cuatro familias."
Milachi recuerda una época en la que el cine marcaba el ritmo de la semana. Había funciones todos los días, excepto los lunes, y cada jornada tenía una programación distinta: cine nacional, películas bélicas, westerns, grandes estrenos o funciones familiares.
Pero el espectáculo comenzaba incluso antes de que se apagaran las luces.
Las calles se llenaban de vecinos que recorrían la tradicional "vuelta al perro", observaban la cartelera y decidían si entrar a la sala. En verano, las familias sacaban las sillas a la vereda mientras la ciudad acompañaba ese ritual cotidiano.
"Era el paseo tradicional de la gente. Muchos iban a ver la cartelera y después entraban a la función."
El propio Milachi fue parte de esa historia. Junto a su hermano vendía golosinas durante las funciones y todavía conserva escenas que parecen extraídas de una película.
"A la tarde vendíamos caramelos para los chicos y a la noche cambiábamos la bandeja porque llegaban las parejitas de novios."
Con el correr de los años llegaron las pantallas panorámicas, el Cinemascope, las películas en estreno provenientes de Rosario y distintas administraciones que mantuvieron viva la actividad cultural. También hubo acuerdos con la Municipalidad para convertir la sala en auditorio de teatro, recitales y espectáculos.
Sin embargo, el paso del tiempo fue apagando aquella intensa actividad.
Hoy el edificio enfrenta un nuevo capítulo. Su posible venta reavivó el debate sobre la necesidad de preservar un patrimonio que forma parte de la identidad de Ramallo.
Para Milachi, el mejor destino posible sería que el inmueble continúe ligado al arte.
"Sería lo ideal que lo compre el municipio. Es lo único que asegura que este cine vuelva a cumplir la función para la que fue construido."
Su deseo no apunta únicamente a conservar una construcción.
Habla de proteger un espacio donde miles de vecinos descubrieron el cine, compartieron una salida familiar, vivieron sus primeras historias de amor o simplemente encontraron un lugar para reunirse.
Por eso, hacia el final de la entrevista, dejó una frase que resume el sentido de su pedido y que bien podría convertirse en el lema para el futuro del histórico edificio.
"Lo que se construye no se destruye. Ojalá esta sala siga siendo un auditorio, un cine, un teatro; un lugar relacionado con el arte y la cultura."
Mientras el destino del inmueble permanece abierto, la memoria colectiva sigue ocupando cada una de sus butacas. Porque el Cine Gardel no es solamente un edificio de más de setenta años: es un capítulo vivo de la historia de Ramallo, un lugar donde generaciones enteras aprendieron que una película también podía ser una forma de construir comunidad.