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13 de Julio de 2026
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13 de julio de 2026
El fundador del Centro Familiar de Cristo repasó en Radio Ramallo el camino recorrido desde aquellos primeros días, cuando solo contaban con una bicicleta y una profunda convicción de fe. Hoy, la iglesia celebra 35 años de historia, contención y servicio a la comunidad.
Treinta y cinco años atrás, dos jóvenes aceptaron un desafío que cambiaría para siempre sus vidas y también la historia espiritual de Ramallo. Él venía de San Nicolás; ella, de Villa Constitución. Se habían conocido mientras estudiaban en un seminario bíblico y, poco después de casarse, sintieron que Dios los llamaba a comenzar una iglesia en un lugar donde todavía no había una congregación.
Mario Rosales tenía apenas 23 años. Su esposa, 19.
No tenían un templo, ni una estructura organizada, ni grandes recursos económicos. Lo único que los impulsaba era la convicción de que Dios los había enviado.
"Íbamos en bicicleta de Ramallo a Villa Ramallo porque Dios tenía un propósito. Era lo que teníamos. Con esa bicicleta visitábamos las familias y hacíamos reuniones en las casas", recuerda hoy Rosales con la misma emoción de aquellos primeros días.
Ese camino entre Ramallo y Villa Ramallo se convirtió en el primer recorrido de una historia que este fin de semana celebró sus 35 años. El Centro Familiar de Cristo reunió a cientos de personas llegadas desde Ramallo, Villa Ramallo, San Nicolás, San Pedro, Pergamino, Santa Lucía, El Paraíso y otras localidades.
Rosales recuerda con precisión el lugar donde empezó todo.
"Comenzamos en Villa Ramallo, alquilando un saloncito frente a la plaza. Después pasamos por distintos lugares, incluso por el viejo cine de Ramallo. Fuimos creciendo de a poco, siempre con el esfuerzo de la gente que se iba sumando."
Las primeras reuniones no se realizaban en un templo. Eran encuentros sencillos en las casas de las familias, con sillas prestadas, mates compartidos y largas conversaciones.
"Nunca pensamos en construir un edificio. Siempre pensamos en las personas."
Aquellos pequeños encuentros fueron dando origen a una comunidad que hoy se extiende por distintos barrios y localidades de la región.
Mientras muchos podrían medir el crecimiento por el tamaño del templo, Mario Rosales prefiere hablar de las personas.
"Lo que creíamos hace 35 años hoy se está cumpliendo. Pero lo más importante no es el edificio, sino las vidas que fueron transformadas."
Actualmente, el Centro Familiar de Cristo cuenta con entre 150 y 200 líderes que coordinan pequeñas células distribuidas en Ramallo y ciudades vecinas.
"Ese trabajo de hormiga contiene muchísimo. Nosotros solos no podríamos hacerlo."
Esos grupos son el corazón del trabajo pastoral.
"Una persona con problemas de adicciones necesita tiempo, paciencia, alguien que la escuche, que la levante cuando vuelve a caer y que la ame. Eso solo puede hacerse en grupos pequeños donde todos se conocen."
Rosales asegura que muchas de las personas que alguna vez llegaron buscando ayuda hoy acompañan a otros.
"Eso para nosotros es uno de los mayores milagros. Ver que alguien recuperó su vida y ahora ayuda a otro."
En los últimos años, explica, comenzaron a recibir cada vez más personas atravesadas por la ansiedad, la depresión y la angustia.
"Hoy vemos una sociedad muy golpeada emocionalmente. Llega mucha gente con ataques de pánico, depresión y una profunda sensación de soledad."
Recuerda especialmente el caso de una mujer que llevaba meses sin salir de su casa.
"Un día alguien la invitó a una célula. Volvió a trabajar, recuperó las ganas de vivir y hoy está ayudando a otras personas. Esas historias son las que nos emocionan."
También observa con preocupación la realidad de muchos chicos.
"Hay niños que llegan muy lastimados por situaciones familiares o por el bullying. Cuando encuentran un grupo donde los abrazan, empiezan a descubrir que son valiosos."
Entre los recuerdos que más lo conmueven menciona el testimonio de una niña.
"Un día se puso a llorar y dijo: 'Sentí que Dios me ama'. Para nosotros, escuchar eso ya hace que todo el esfuerzo valga la pena."
Lejos de pensar que la misión terminó, Rosales asegura que los próximos años traerán nuevos desafíos.
Uno de ellos será la construcción de un nuevo templo, con mayor capacidad para acompañar el crecimiento de la congregación.
"Tenemos un proyecto para los próximos cinco años. Queremos vender este edificio y construir uno nuevo con el doble de capacidad."
Pero aclara que el objetivo va mucho más allá de levantar paredes.
La iglesia busca seguir ampliando los espacios para niños, adolescentes, matrimonios y personas que atraviesan situaciones difíciles. También fortalecer el Taller de Cocina Maná, que nació para enseñar un oficio y generar oportunidades laborales.
"No queríamos solamente dar una ayuda. Queríamos enseñar un oficio para que las personas pudieran salir adelante por sus propios medios. Hoy hay vecinos que comenzaron en ese taller y ya tienen su emprendimiento."
Antes de terminar la entrevista, Mario Rosales vuelve, casi sin proponérselo, al mismo lugar donde empezó la historia: aquella bicicleta que recorría el camino entre Ramallo y Villa Ramallo.
"Si tuviera que volver a empezar, lo haría igual. Nunca fue la bicicleta lo importante. Lo importante era el propósito que Dios tenía para este lugar."
Treinta y cinco años después, aquel joven matrimonio que llegó con muy poco encuentra en cada familia acompañada, en cada persona recuperada y en cada niño que vuelve a sonreír la confirmación de que aquel viaje en bicicleta fue apenas el primer paso de una historia que todavía sigue escribiéndose en Ramallo.