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2 de julio de 2026
Con más de 25 años de trayectoria en la Universidad Nacional de La Plata, el abogado Alejandro Batista fue reconocido entre los principales referentes argentinos en Inteligencia Artificial y Derecho. Su historia demuestra que la educación pública, la formación permanente y la resiliencia académica siguen siendo las mejores herramientas para afrontar los cambios tecnológicos.
Las historias de transformación rara vez comienzan con los reconocimientos. Casi siempre nacen mucho antes, en un aula, en una biblioteca o en esas largas jornadas donde el estudio deja de ser una obligación para convertirse en un proyecto de vida.
La historia del abogado Alejandro Batista es una de ellas.
Hoy su nombre aparece junto al de los principales especialistas argentinos en Inteligencia Artificial y Derecho.
Fue nominado para integrar el Directorio de Referentes de Inteligencia Artificial y Derecho de la República Argentina, un reconocimiento impulsado por la empresa Nino Legal que reúne a académicos, investigadores y juristas de todo el país. Sin embargo, detrás de esa distinción hay una trayectoria mucho más profunda: la de un docente que eligió permanecer en la universidad para formar profesionales capaces de comprender el futuro sin renunciar a los fundamentos del derecho.
Batista no habla de éxitos personales. Cada vez que se refiere al reconocimiento vuelve una y otra vez al mismo lugar: la Universidad Nacional de La Plata.
"Ya el solo hecho de que me hubieran considerado para mí significó mucho, sobre todo por el trabajo que venimos haciendo desde la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata", expresó durante la entrevista.
No parece una frase casual.
Quienes conocen el recorrido académico saben que detrás de ese reconocimiento hay más de dos décadas de investigación, docencia y construcción institucional.
"Yo comencé con esta temática hace más de veinticinco años", recuerda. Corrían los primeros años del nuevo milenio cuando hablar de tecnología aplicada al derecho era casi una excentricidad. Mientras buena parte del ámbito jurídico seguía mirando exclusivamente los códigos impresos, Batista y otros docentes impulsaban la primera cátedra virtual de la facultad.
"En el año 2000 o 2001 creamos la primera cátedra virtual y prácticamente no había nadie que escribiera sobre esta temática."
La tecnología cambió. El mundo también.
Pero hubo algo que permaneció intacto: la convicción de que la universidad debía anticiparse a los cambios y preparar profesionales capaces de comprender una realidad en permanente transformación.
Quizá por eso, cuando la inteligencia artificial irrumpió definitivamente en la vida cotidiana, Batista ya llevaba años reflexionando sobre el vínculo entre derecho, innovación y educación.
Su mirada nunca fue alarmista.
Tampoco ingenua.
"Claramente hay que readaptarse", afirma.
Para él, la inteligencia artificial no reemplaza el conocimiento; obliga a construir uno mejor.
En las aulas de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales esa idea atraviesa cada clase.
Batista enseña las primeras materias de la carrera de Abogacía. Allí recibe a estudiantes que llegan con naturalidad al mundo digital y que muchas veces utilizan herramientas de inteligencia artificial antes incluso de comenzar sus estudios universitarios.
Lejos de prohibirlas, las incorpora como objeto de análisis.
"Lo primero que hago es mostrarles las herramientas. Lo segundo es mostrarles dónde fallan."
Su objetivo no consiste en enseñar a usar un programa, sino en formar criterio.
Porque para Batista el verdadero diferencial profesional seguirá estando en la capacidad crítica de las personas.
"Un error muy grande es utilizar una herramienta de inteligencia artificial en una temática que no manejo, porque entonces no voy a poder evaluar los resultados."
La reflexión adquiere un valor especial en tiempos donde la velocidad parece imponerse sobre la profundidad.
Mientras muchos imaginan que la inteligencia artificial resolverá todos los problemas, Batista insiste en una idea mucho más desafiante.
"La existencia de estas herramientas no quiere decir que los estudiantes puedan saber menos derecho. Al contrario: tienen que saber mucho más y mejor."
Esa mirada también refleja una forma de entender la educación.
No como acumulación de contenidos.
Sino como construcción permanente de pensamiento.
En la Universidad Nacional de La Plata esa transformación ya comenzó.
Batista integra la mesa institucional creada para elaborar las pautas de uso de inteligencia artificial en la enseñanza, la investigación, la extensión y la gestión universitaria.
Según explica, las nuevas tecnologías obligan incluso a revisar las formas tradicionales de enseñar.
"La clase magistral y las evaluaciones basadas únicamente en monografías ya exigían cambios. La inteligencia artificial terminó de demostrar que necesitamos otros mecanismos."
Por eso reivindica el debate, la argumentación y el intercambio cara a cara.
"La universidad tiene que revalorizar la discusión, la participación y el pensamiento crítico."
El reconocimiento nacional llega justamente en ese contexto.
Compartir un directorio junto a referentes como Juan Corvalán, Mariana Sánchez Caparrotta o el juez Mario Gagaro constituye un logro académico de enorme relevancia.
Sin embargo, Batista vuelve a quitarse protagonismo.
"Yo lo tomo como un reconocimiento al trabajo que se viene haciendo en La Plata."
La frase resume una manera de entender la universidad.
Los logros individuales nunca aparecen separados del trabajo colectivo.
Durante los últimos años impulsó la creación de la Prosecretaría de Políticas Digitales, dirigió diplomaturas especializadas, organizó ciclos abiertos sobre Derecho Informático y convocó a miles de estudiantes y profesionales de distintos puntos de Argentina y Latinoamérica.
Más de dos mil personas participaron de esas actividades académicas.
La resiliencia también se construye así.
No únicamente enfrentando dificultades personales.
Sino sosteniendo durante años una misma convicción, incluso cuando el tema todavía parecía lejano para la mayoría.
Hoy la inteligencia artificial ocupa la agenda pública.
Hace veinticinco años apenas era una inquietud de unos pocos investigadores.
Batista decidió recorrer ese camino desde el principio.
Su historia demuestra que la educación transforma porque permite anticipar el futuro sin perder de vista los valores que sostienen una profesión.
También porque confirma el enorme papel que cumple la universidad pública argentina como espacio de movilidad social, innovación y producción de conocimiento.
Cada estudiante que ingresa hoy a una facultad encuentra un escenario completamente distinto al de hace dos décadas.
Pero sigue enfrentando el mismo desafío.
Aprender.
Pensar.
Cuestionar.
Construir criterio.
Alejandro Batista suele repetirles a sus alumnos que el verdadero capital profesional no está en las herramientas sino en quien las utiliza.
Probablemente esa misma idea explique su propia trayectoria.
Porque detrás del abogado reconocido, del investigador y del referente nacional en inteligencia artificial, permanece intacto el docente que hace más de veinticinco años eligió creer que la educación podía cambiar vidas.
Y que todavía hoy sigue entrando al aula convencido de que ese es el mejor lugar para empezar a transformar el futuro.